Promociones


PRESENTACIÓN CARPETA Nº 1:

El poder del discurso [2ª ed.] (agotado)

El significado de un texto, o de un conjunto de textos como es el caso de la presente "carpeta", no está encerrado de una vez por todas en las líneas impresas que lo conforman. Bien es verdad que el texto produce determinados "efectos de sentido" en lugar de otros, pero su significado nace a partir de la interacción entre lo que está efectivamente impreso y los ojos que lo leen. De la misma forma que no se puede pedir peras al olmo tampoco puede brotar cualquier significado a partir de esta interacción, y mucho menos si quien ha escrito el texto y quien lo lee son contemporáneos y participan de una cultura semejante. Aún así el significado goza de la suficiente indeterminación para que sea ilusorio esperar que los progresos de la inteligencia artificial nos proporcionen algún día la "extracción" automática del significado encerrado en un texto. La razón, como ya lo hemos dejado entender, estriba precisamente en que el significado no está en el texto, como tampoco está en la cabeza de quien lo ha escrito. Una vez que el discurso ha concluido y se ha transformado en producto, con sus puntos, sus comas, y sus mayúsculas fijadas para siempre, parece como si la tinta se hubiera limitado a plasmar en el papel un texto previamente construido en la mente de su autor. Pero todos sabemos que no es así y que el discurso es un proceso que se construye, en parte, a sí mismo. Unas palabras llaman a otras, unos enunciados abren ciertas líneas de desarrollo por donde proseguirá el discurso, a la vez que cierran otras líneas, matando en el huevo los posibles discursos que nunca existirán. Ningún autor había previsto escribir exactamente el texto que rubrica al final. Sin embargo parece que todo proceso de escritura estuviera dirigido desde el principio hacia su resultado final, la última palabra no pudo ser otra que la que es a partir del momento en que la primera palabra quedó plasmada en el papel.

Es la típica ilusión que se produce siempre que el producto y su proceso se encuentran escindidos. En el caso de los textos esta disociación enmascara con absoluta perfección la autonomía parcial de que goza la construcción del texto con respecto a su propio autor.

Pese a mi convencimiento de que el significado se produce en el encuentro del lector y del texto, estuve a punto de hacer aquello que se suele hacer con las "carpetas" o los "dossieres": sugerir unos elementos de significado, unas pautas de lectura, unas claves interpretativas para iluminar los cruces de significados que se producen entre los diversos textos. Dicho de otro modo, he estado a punto de presentar mi propia lectura de los textos para encauzar, con toda la autoridad que da la letra impresa, el proceso de producción de significados por parte del lector. Creo que habría sido una contradicción y que lo más decente es dejar que cada lector transite a su aire por esta carpeta inventando las similitudes, complementariedades y contradicciones que circulan entre los diversos textos. Lo que sí me parece pertinente es proporcionar algunas informaciones sobre la historia de esta "carpeta" y concretamente sobre la forma en que se fraguó la idea de dedicarla al tema del discurso. Nada mejor para ello que reproducir las líneas generales de la nota titulada "¿decir? ¿para qué?" en la que se esbozaba el propósito de la misma: «Variopintos, sin duda, las motivaciones y los deseos que se esconden tras el proyecto de hacer una (¡otra!) revista, múltiples también las razones que cada cual puede esgrimir para justificar su participación en tal empresa, pero..., en el fondo, ¿qué sentido tiene, si es que tiene alguno, producir o dar a conocer más discursos, aunque sean nuevos discursos?

¿Qué es lo que se "hace" realmente cuando se lanzan textos en un ámbito social que por sus dimensiones podríamos calificar de infinitesimal? ¿Qué efectos se pretenden y qué efectos se consiguen? ¿Hay en ello algo más que el, por lo demás muy respetable, deseo de satisfacerse a sí mismo?

Vamos a suponer que la razón (¿o la racionalización?) más general y más "aceptable" consista en querer "contribuir" a cambiar algo (la sociedad, aspectos de la vida cotidiana...) en una dirección emancipadora. ¿De verdad pueden contribuir a ello las producciones discursivas?

El "dossier" que estamos preparando para el primer número de la revista no tiene otro objetivo que discutir esta cuestión.

Pero no presumamos de imparcialidad. El hecho mismo de que queramos publicar la revista presupone ya que hemos resuelto el problema y que tenemos una respuesta positiva (¡o que nuestras motivaciones para "decir públicamente" nada tienen que ver con la supuesta utilidad socio-emancipadora de nuestro discurso!)

¿Cuáles son los presupuestos sobre los que se basa nuestra creencia en la eficacia emancipadora del discurso? No ya en los efectos benéficos de disipar las tinieblas de la ignorancia y de la falsa conciencia por medio de la docta ilustración, tampoco en la pretensión de suscitar o aglutinar una corriente de opinión que se convierta paulatinamente en "palanca revolucionaria y martillo de explotadores", menos aún en el mesianismo de quienes aportan y difunden la "verdad" emancipadora... Pero sí se basan, y dicho muy esquemáticamente en: - Referencias a la insoslayable ubicuidad del lenguaje.

- Alusiones al papel del "imaginario social" y a la naturaleza simbólica del entramado social y del propio ser social.

- Intuiciones de que las palabras también son "actos" y de que los discursos son causas eficientes.

- Sentimientos de que algunas de las batallas más importantes son las que se libran en el campo de las ideologías y en la confrontación de sistemas simbólicos.

- Impresiones de que la creación de nuevos significados constituye una forma certera de subversión.

- Convencimientos de que el ser humano es un "animal auto-definidor", es decir, un ser cuya identidad resulta en parte de la forma en que él mismo la percibe y la define. (Parafraseando a Rorty, es fácil comprender por qué una Dictadura deja entrar libros de física o de matemáticas pero se muestra recelosa con las novelas y los ensayos: lo que se prohibe son los libros que pueden sugerir nuevos vocabularios para la descripción de sí mismo).

Queda sin embargo una cuestión fundamental: ¿tiene sentido proporcionar nuevos elementos de auto-definición sabiendo que estos no van a llegar a "casi nadie"?

Por suerte, siempre podemos apostar a que tienen razón quienes conciben la sociedad como un "sistema auto-organizado" y creen por lo tanto, que las mutaciones sociales pueden originarse a partir de causas infinitesimales acaecidas en espacios sociales microscópicos..

Tomás IBAÑEZ

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