Promociones


PRESENTACIÓN CARPETA Nº 20:

El cuento de la ciencia/ Ernst Jünger, la edad de los patriarcas

La Ciencia, esa gran conquista de Occidente, ¿un cuento? En la evidente intención provocadora del título apunta la constante vocación radical de Archipiélago: dar que pensar. En esta ocasión, dar que pensar sobre/contra el discurso de la verdad dominante en nuestros días, el de la ciencia.

Pero también el propio título avanza una tesis, con dos caras. Por un lado, la ciencia puede entenderse como cuento en el sentido literal de la palabra, esto es, como una forma narrativa, como una modalidad de ficción —por mucho que deba su prestigio precisamente al ocultamiento de tal condición. Ya Nietzsche apuntó cómo tras cada concepto, teoría o ley científica late una metáfora colectiva que ha olvidado su original condición social y lingüística para acabarse imponiendo —bajo la aparente rotundidad de su formulación matemática— como la verdad misma, como la única forma de decir la realidad.

Y es que, entre los dispositivos retóricos más eficaces que pone en marcha el discurso científico, están aquellos destinados a crear el efecto de realidad, a construir la ilusión de que la ilusión así fabricada es la realidad misma. Dispositivo al que se agregan las estrategias, no menos retóricas, orientadas a persuadirnos de que no estamos siendo persuadidos sino enfrentados a unos hechos rotundos, que encuentran en la ciencia su modo más fiable de re-presentación. Tal es el núcleo duro de la que se ha llamado ideología de la representación; y ésa —la que asocia a la ciencia con la noción clásica de ideología— la segunda manera de entender la ciencia como cuento. El científico sería hoy el discurso ideológico por excelencia, el que mejor contribuye a enmascarar la realidad al presentar como universales y necesarias (piénsese, por ejemplo, en la charlatanería económica de políticos, empresarios y sindicatos) formulaciones que son bien particulares y arbitrarias. No los usos de la ciencia, ni sus supuestas aplicaciones técnicas —distinciones ambas también cargadas de ideología— sino la ciencia misma funcionaría como la moderna ideología dominante. Y si utilizamos el condicional es porque la propia noción de ideología presupone una distinción —entre la realidad y su representación— que en sí misma forma parte de la ideología científica (no en vano el concepto de ideología es acuñado por un marxismo empapado por la ideología científica de su época). No; el drama de nuestros días no está en que la ciencia enmascare, oculte o deforme la realidad, sino en que la construye. La ciencia es la máquina de creación de realidad más potente de cuantas haya ideado la humanidad. Y esa realidad ideal que la ciencia fabrica sin tregua es la realidad ideal para el dominio, el control y el sometimiento de las gentes y de la naturaleza. De ahí la urgencia —incluso la necesidad— política de desbaratar el discurso científico y su retórica de la verdad para abrir así la realidad a otras posibilidades, para alumbrar otros modos de poder ser.

Pero, dado el monopolio de la razón y la verdad que ha conseguido la ciencia, cualquier discurso sobre ella ¿no estará condenado a reproducir sus efectos ideológicos —si se quiere racional y verdadero, es decir, científico— o bien a ser tenido por poco serio, si no directamente irracional? ¿Cómo hablar, pues, del cuento de la ciencia? Caben distintas salidas a esta paradoja reflexiva: desde el recurso a la ironía hasta la recuperación del diálogo como forma discursiva —como ya ensayaran Feyerabend o Mulkay— o la reincorporación del excluido sujeto de la ciencia como sujeto gramatical. El propio MICHAEL MULKAY (Sociología y ciencia: una historia de amor y servidumbre) abre esta “Carpeta” proponiendo otra original ruptura del círculo vicioso: si la ciencia —parece decirnos— es un cuento, ¿qué mejor manera de decirlo que contarlo como tal? Su “conmovedora historia de amor y servidumbre” entre esos personajes que son las ciencias duras —él— y las ciencias blandas —ella— nos cuenta el cuento de un cuento.

El método genealógico es el adoptado por ALAIN DESROSIÈRES (¿Cómo fabricar cosas que se sostienen entre sí? Las ciencias sociales, la estadística y el Estado). La ciencia estadística y el Estado son dos modos de ficción que se han ido construyendo mutuamente, dándose realidad el uno al otro, fabricando hechos sociales en el proceso mismo de investigarlos/administrarlos. La crítica de TOMÁS IBÁÑEZ, en esta primera entrega, es aún más directamente política, y beligerante (Ciencia, retórica de la “verdad” y relativismo). El establecimiento de un metanivel —incuestionado e incuestionable por el común de las gentes— es la artimaña más utilizada en toda época y lugar como fuente de autoridad y sojuzgamiento. La “retórica de la verdad científica”, establecida por la Ilustración y depurada por esos sacerdotes enmascarados que son los epistemólogos, condena toda disidencia a la mera sinrazón, al tiempo que oculta la sinrazón latente bajo la propia razón científica. Los mayores atropellos se han cometido precisamente en nombre de la verdad. Como denuncia R. Garudy —en una entrevista que publicaremos en un próximo numero—, el “integrismo científico” es nuestra particular variante de integrismo y en su nombre (‘desarrollo’, ‘modernización’, etc.) se han arrasado pueblos, culturas y ambientes como nunca antes en la historia del planeta.

Poco importa —como subraya UMBERTO GALIMBERTI en La voluntad de dominar— que cierta reflexión, actual y minoritaria, sobre la ciencia haya abandonado esa pretensión de verdad inconmovible; la “voluntad de dominio”, de previsión y de control que anima todo el proyecto científico no se detiene ante tal derrumbe ni ante las paradojas que lo soportan. Más aún, la paradoja esencial que impulsa la propia episteme científica, la “locura metafísica” que la dinamiza, la fe en lo imposible en que se sustenta han llevado a Occidente a dominar, no la realidad, sino tan sólo —y ni a eso alcanza— el fantasma contra el cual se levantó la magna empresa científica: el miedo al devenir. Tal es la tesis mantenida por E. Severino y aquí sintetizada por su discípulo MASSIMO DONÀ (Coherencia de la ‘locura’ metafísica. Pensamiento del ser y alienación científica en el pensamiento de Emanuele Severino).

El texto de PAUL FEYERABEND (Contra la inefabilidad cultural, el objetivismo, el relativismo y otras quimeras), el más afamado de los llamados nuevos bárbaros, reproduce la que seguramente fue su última conferencia. Su crítica de “la inefabilidad cultural, el objetivismo, el relativismo y otras quimeras” no apunta a la recuperación de ninguna forma de objetividad sino, bien al contrario, a poner de manifiesto los residuos de objetivismo que laten bajo ciertos relativismos: al subrayar diferencias e inconmensurabilidades se sigue concediendo identidad, esencialidad y objetividad a cada una de las partes (épocas, culturas, estilos, etc.) que se ponen en relación. La mentira oculta tras esta ficción de identidad es la que muestra también CARLOS GINZBURG, ahora mediante la expresión plástica, que así se suma a las formas narrativas, argumentativas, dialogadas o genealógicas que integran esta “Carpeta”. Tanto en sus ilustraciones para éste número de Archipiélago como en el diálogo mantenido con Pierre Restany (La red de la hibridación: naturaleza-sociedad-lenguaje-ser. El arte no-moderno) vemos cómo la obra pictórica de Ginzburg desborda la formas precisas, las de-fin-iciones, y presenta “redes de híbridos” donde —como Bruno Latour muestra con palabras— naturaleza, sociedad, lenguaje y ser se entremezclan, constituyéndose recíproca y permanentemente.

Contra alguna de estas formas de hibridación se enfrenta UWE PÖRKSEN (La matematización del lenguaje cotidiano) al calor de las tesis de Ivan Illich. La “matematización del lenguaje cotidiano” que tiene lugar al importar cada vez más el lenguaje de las ciencias proporciona la cabeza de puente por la que éstas vienen a colonizar nuestra cotidianeidad; al incorporar las jergas científicas, el hablante se constituye insensiblemente a sí mismo como objeto de planificación y control. Ese escamoteo del aquí y ahora, ese borramiento de la subjetividad que opera el discurso científico es el que —para JAVIER SÁEZ (Ciencia y psicoanálisis)— pretende restaurar el psicoanálisis, que así des-miente, desde otro frente, la ilusión científica que imagina sujetos-individuos acabados y neutrales o sujetos y objetos escindidos. Para terminar, la confrontación entre MANUEL DELGADO, JORGE WASENBERG y AGUSTÍN GARCÍÍA CALVO (Ciencia: pro y contra) no enfrenta sólo las respectivas perspectivas de un antropólogo, un físico y un gramático, sino que pone sobre el tapete muchas de las creencias y descréditos de los que extrae su savia el árbol de la ciencia.

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