Promociones


PRESENTACIÓN CARPETA Nº 24:

El nuevo caudillismo. Populismo, nacionalismo, demagogia/ La aventura filosófica de Eugenio Trías

“El verdadero problema que tienen los creyentes (y por ende todos los demás) es que, al estar en posesión de la verdad, admiten raramente algo tan normal, y en este caso lógico y coherente, como el escepticismo. Jamás el descreimiento o la incredulidad.” Estas líneas de Alberto Adsuara, en este mismo número de Archipiélago, están referidas al arte y no a la política. Pero sin embargo vienen que ni pintiparadas para aludir a los fenómenos políticos sobre los que aquí queremos aportar algunas reflexiones y no poca preocupación. Y es que todas esas articulaciones, Nación, Pueblo, Caudillo..., tienen mucho de construcción artística, de desplazamiento de esquemas religiosos degradados, de deporte alucinado y cerril de la voluntad. Un nuevo estadio en la construcción de Masas, en la demagogia del Pueblo y la Nación está ante nuestros ojos; la fe que reclama y el fanatismo que encuba y la sangre por la que clama para bendecir sus hazañas son tan viejos como la incapacidad que recorre algunas veces a las colectividades humanas para la sensatez y un sabio escepticismo. Demagogia a espuertas, reconstrucciones históricas delirantes, unción de la violencia, victimismos estomagantes, culto de la identidad y la nación y hasta de la raza fuera del tiempo y de la mínima capacidad para ver un poco qué es hoy el mundo y por dónde van efectivamente los tiros (de qué tiros efectivamente se trata), retórica de la diferencia y apología del ombliguismo como forma de visión y conocimiento del mundo, dispositivos de construcción de masas e ingenuidades y fanatismos... “la máquina de indigenar” y de volver a unas cavernas artísticas funcionando a tope, como cuenta en un espléndido artículo Ramón Aguirre. A veces da por pensar que el viejo Caudillo ha acabado por dejarnos su atadijo bien atado, pero con las cuerdas de su negatividad. Cada descalificación de principio, cada energumenismo, cada cierre de la sensibilidad y el conocimiento, cada proyeccción de los conflictos del hombre moderno en la simplificación del odio y la identidad, cada socorrida construcción del Enemigo responsable de todo, cada demagogia, cada sofisticación de la mentira y la imbecilidad irresponsable, cada justificación y glorificación de fines embellecidos por la febrilidad de la venganza o la alucinación, cada subyugación ante la fe entendida como deporte y la pertenencia entendida como fe es un paso adelante en la barbarie. En España ya sabemos mucho de eso, no nos hacen falta mayores experiencias. Resulta inquietante que las formas totalitarias, no obstante su criminalidad, descansen en el apoyo de las masas, se decía Hannah Arendt. Aquí queremos iniciar una reflexión sobre alguno de los modos de construcción de esas masas que creen y obedecen y pertenecen más que reflexionar y participar y compartir.

Las formas de ejercer el poder son sin duda polimorfas, como quiere Foucault; sus efectos también, pero cuando el poder se personaliza la unicidad se torna inescapable. El pequeño jefe no tolera la multiplicidad más de lo que la tolera el gran caudillo: hay que reducir el ámbito, pasar de la iglesia a la parroquia, del gobierno de la nación a la dimensión de la familia, pero sólo puede haber un jefe en cada ámbito de poder, aunque sean otros los que manden de verdad. Principio de unicidad que no tolera excepciones ni siquiera cuando se disfraza de multiplicidad, como ocurre en las instancias colegiadas: la instancia colegiada requiere también ella ser única en su radio de acción (por eso la democracia directa, o asamblearia, es la bestia negra del poder). La unicidad es el principio que corre bajo las mil voces del poder, reduce lo múltiple a lo uno como señalaba La Boetie, engulle la diversidad en la singularidad, diezma lo plural para que sólo quede Uno. ¿Quizás siempre que al hablar de lo múltiple quitamos la marca del plural estamos participando de la lógica del poder: el amor frente a los amores, el anarquismo frente a los anarquismos, el pueblo frente a los pueblos que se mezclan en su seno...? ¿Quizás sea esto mismo lo que estamos haciendo ahora al poner título a nuestra carpeta?

Tres de los artículos que presentamos, los de RAMÓN AGUIRRE (La épica con sangre entra), PREDRAG MATVEJEVIC (La patria como ideología) y JON JUARISTI (Euskadi, 1995: el fascismo socializado) abordan directamente el fenómeno nacional, mientras que ARCADI ESPADA (El caudillo colectivo) lo hace de forma más solapada. ¿Los hemos forzado demasiado al situarlos bajo el epígrafe de esta carpeta? Basta con reflexionar sobre las implicaciones de la “Sociedad Anónima Nosaltres” mencionada por Espada para entender que la respuesta es sencillamente “no”. Los nacionalismos son sin duda uno de los dispositivos más eficaces para fomentar la sumisión de los pueblos, impulsar su participación activa en la construcción de su propia subyugación y promover la emergencia de los más incuestionados caudillos. La nación surgió con la modernidad y con ella apareció también la sociedad civil, aunque ésta nunca alcanzó la tremenda fuerza movilizadora que tuvo y tiene la nación; tampoco se definió con la misma claridad como nos recuerda AXEL HONNETH (Concepciones de la sociedad civil), pero el papel que está llamada a desempeñar en las nuevas formas de control social parece claro si la separación y autonomización de la esfera política prosigue con el ritmo actual. Los nuevos caudillismos se abordan desde el momento actual pero mirando hacia el pasado más reciente en un caso, (ENRIQUE GONZÁLEZ DURO, La modernización del caudillismo: de Franco a Felipe) y mirando hacia el futuro más próximo, en el otro (JAVIER ECHEVERRÍA, Telecaudillos). De Franco a Felipe, cambio sin duda, pero continuidades no menos tangibles que González Duro pone de manifiesto; del caudillismo presencial al caudillismo virtual, continuidades en lo fundamental, pero cambios drásticos en las modalidades como bien lo indica Echeverría, atento al cambio de civilización que impulsan las nuevas tecnologías de la inteligencia. AGUSTÍN GARCÍA CALVO (Pueblo contra Uno, Uno contra pueblo) arremete infatigablemente contra los espejismos que el Uno levanta ante el pueblo para desdibujar la incompatibilidad fundamental entre el pueblo y las distintas formas del Uno, mientras que GIORGIO AGAMBEN (El “pueblo” y su doble) nos recuerda que el Uno también se esfuerza por transformar la multiplicidad del pueblo (¿los pueblos?) en una singularidad homogénea. Por fin, FÉLIX DE AZÚA (Sobre estética y política) reflexiona sobre las consecuencias de la estetización de la política (desde la raza superior del tercer Reich al presente énfasis sobre la identidad nacional) y sobre la institución de la opinión pública como parámetro de la verdad en una sociedad marcada por el consumo acelerado de significados.

Todos los artículos constituyen en definitiva fragmentos de esa historia del presente que reclamaba Foucault para entender las nuevas formas de la subyugación.

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