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PRESENTACIÓN CARPETA Nº 36:

Sabe Dios... (De lo Sagrado)/ Elías Canetti, la lengua suelta

A los discursos que tradicionalmente se las han visto con lo sagrado como “objeto de dominio” (Religión, Filosofía, Antropología, Psicoanálisis, Literatura, etc.), ha venido a añadirse, en los últimos tiempos, toda una maraña efervescente de muy variadas doctrinas y prácticas de vida, que van desde la psicomedicina a múltiples formas de esoterismo, misticismo y seudomisticismo, palabras espirituales de maestros o iniciados de toda laya, amén de las revisiones y exégesis continuas de los textos primigenios clásicos o “sagrados”.

Más allá, desde luego, de milenarismos, de crisis de civilización o de un presunto retorno a las religiones, conviene encarar una cuestión, ya en sí misma y desde siempre, extraordinariamente delicada, y sobre la que se ha vertido habitualmente una extremada confusión, cuando no oscuras y bien arraigadas falsedades. No es de extrañar, por cuanto lo supuesto innombrable a que se alude lingüísticamente como “sagrado” no puede dejar de verse relacionado con la fundación de las palabras y, con ellas, de la propia Realidad, quedando, a la vez, fatalmente cercado por ambas.

Nuestro intento, aquí, ha abarcado desde la imposibilidad radical de un discurso sagrado o sobre “lo sagrado” hasta algunas aproximaciones desde diferentes perspectivas —incluyendo, cómo no, la religiosa y mística—, que nos han parecido rigurosas o sugerentes; casi todas, incapaces de obviar la esencial contradicción inherente a la señalada liminaridad del tema.

Desde semejante tensión ad limitem y desde la exploración de sus posibles juegos de referencia, no le venía nada mal a esta “Carpeta” una práctica de lenguaje, una suerte de dialéctica, que en sí mismas evocaran el trasmundo de infinitud que, en tantos casos, soñarían o pretenderían como referente; al menos, de modo exploratorio y distinto a las jergas eruditas de las disciplinas al uso arriba mencionadas. Declaremos ya desde aquí, sin embargo, que ello no es nada fácil, como puede suponerse. No en vano un buen número de las colaboraciones que se incluyen viene a coincidir, de distintas maneras, en el lamento de tener que habérselas con el desmontaje de las mil y una formas de sacralización que el hombre, con su lenguaje, ha forjado; la última y más perfeccionada, es la que atañe a ese mercado actual de cosas que oscilan desde el ciberespacio y la aldea global a las metafísicas religiosas más renovadas y modernas sobre el espíritu y la divinidad.

Confiemos, en todo caso, que esa propia labor negativa, exclusiva también del lenguaje y la razón, ayude a mantener vivo el pálpito de lo que los corazones pudieran seguir presintiendo como lejana y verdaderamente sagrado, a pesar de todo; y en tanto se siguen desenmascarando las poderosas, vanas y muy diversas imposturas...

En Me aterra lo sagrado, José Jiménez Lozano constata el poder devastador y omnímodo de lo sagrado, en cuanto necesidad temerosa que ha conducido a vender el alma a antiguos y nuevos testamentos o a la jerga sacerdotal de la razón científica y económica más contemporáneas, en definitiva, encubriendo o “descontruyendo” siempre lo verdadero sacral y mítico, y condenando nuestra pregunta sobre ello a un lugar neurótico.

Cibersueños xerocatárticos, de Félix Duque, utiliza erudición e imaginería brillantes para recrearse en un desvelamiento: la profunda espiritualidad de la era “virtual”, que viene a perfeccionar los supuestos de la vieja religión; en uno y otro caso, el juego de hacer valer el orden sobre un desorden al que se pretende exorcizar, a la vez que se necesita como referente de identidad. Aun no pudiendo evitar a veces “el dolor y el sarcasmo”, Duque invoca la conveniencia de “inteligir” sin más, en la servida lucha filosófica.

Para AgustÍn GarcÍa Calvo (Creencia. Vínculo. Más allá), la consagración de la nueva forma de religión, en las democracias actuales, se ilustra claramente en la fe con que se sostiene la Realidad, donde quedan confinadas esas falsas idealidades que son el Dinero, el Futuro (la muerte) y hasta las mismas lindes de “el yo”. Contra ello, el autor anima a sacudirse del miedo que sostiene esa fe, a perderse en lo que descubre el psicoanálisis verdadero: que todo límite es una falsificación, que más allá del falso “infinito” de la ciencia o de la religión está la confianza en lo que no se sabe.

Desde el corazón mismo de la relación entre psicoanálisis y religión, se pregunta José MarÍa Llanos (Acerca de la fe. Teoría y creencia en psicoanálisis) si toda demanda de análisis no es un acto de fe, una renovación del pacto fundacional del saber y del amo. Pero, si la mera negación de la fe no hace sino explicitar su afirmación previa (ahí está el “judío-ateo” Freud), está ahí también la posibilidad de un análisis que profundice en el duelo del “sujeto supuesto saber”, haciendo de su oposición al pacto ritual de teorías y respuestas la base de su “interpretación” siempre abierta.

El artículo de Rafael Salama Benarroch (A un dios silencioso), en contra del ruido y el desorden de las ideas, el de Eugenio TrÍas (Religión ilustrada, razón secularizada), en contra de la ganga de supersticiones y falsas sacralidades, y el texto de Alfons GarrigÓs (Sobre la búsqueda religiosa), en contra, también, de la inutilidad de cierto tipo de intelectualismos y voluntarismos, parece que vienen a coincidir en la añoranza de una particular disposición de la palabra, de la razón y del ánimo para dejarse llevar al umbral del límite, un lugar lleno de contradicción y de transgresión, y también de amable confianza. En sí mismos los tres suponen, además, una cesura en esta “Carpeta”, que, a partir de aquí, vendría a pasar el testigo a una voz más religiosa, la “luz” de cuya verdad, al decir de Spinoza, se le ocultaría a quienes no se hayan vuelto “hacia la luz que hay en ellos”.

El entusiasmo y lo sagrado, de Mario Satz, se apoya en palabras y conceptos de místicas diversas para ir al encuentro de ese sentimiento solitario y modesto, el “infinito cariño o fervor”, ajeno a los trámites de voluntad, espacio y tiempo. Una suerte de trance, de singular magnetismo, al que Arte y Pensamiento han puesto diferentes adjetivos, y en cuya fenomenología (“ígnea”) el artículo se explaya.

Otra muestra de “mística comparada”, hecha con la “inteligencia del corazón”, nos la ofrece Juan Goytisolo (Experiencia mística, experiencia poética), al resaltar —a propósito de la poesía de José Ángel Valente— la convergente y universal teofanía del lenguaje extremado de los místicos, más allá de la multiplicidad de sus manifestaciones, y, por supuesto, trascendiendo siempre las doctrinas partidarias de sus respectivos institutos religiosos. De la misma “luz elusiva, gracia y castigo de quien vislumbra lo ignoto” estaría hecha la palabra sustancial y subterránea de la poesía, otra forma de curarse radicalmente de las modas y mercados dominantes.

Finalmente, ofrecemos dos visiones vitalmente comprometidas con aspectos de la gran tradición religiosa occidental y de su hermenéutica más viva: Eduardo Madirolas Isasa (Las letras de la Creación. Una contribución a la lectura del Séfer Yetsirá), con su comentario de un libro crucial de la tradición esotérica y mística judía, nos aporta un ejemplo de la raíz misma del quehacer cabalístico: el juego siempre abierto de interpretaciones de la escritura sagrada, vinculando inacabablemente sus palabras y letras, restituiría a Dios y a su Verbo la infinitud perdida en la revelación. José GÓmez Caffarena (Lo cristiano, un sagrado humanista), encuentra, por su parte, lo más esencial y dinámico del cristianismo, así como el mejor antídoto contra el “mal”, en la figura de Jesús de Nazaret.

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