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PRESENTACIÓN CARPETA Nº 37:
La poesía es siempre un universo reversible, por decirlo en palabras de Gérard Genette, o la raíz que da pie al movimiento, si preferimos las de Ted Hughes. Pero la realidad actual de la poesía, y también de los poetas, es compleja y va más allá de toda definición. Alfonso Berardinelli describe el estado de la cuestión de modo espléndido en “La casa de la poesía estaba llena de huéspedes...”, un texto breve y mordaz en el que todos los inquilinos del edificio se miran de reojo, comercian en silencio, se soportan, saben que la poesía ha pertenecido a otros, y que el único legado que ésta les ha dejado es “el pacto de no traicionarse”, de no negar al semejante el título de poeta, de aparentar que nadie de los presentes es un advenedizo... Un agudo retrato que a buen seguro Hogarth quisiera para su pincel. Félix Duque, en El nido de antaño. El adiós de Hölderlin a Grecia, plantea la decisiva presencia del poeta alemán en la poesía de Occidente y su influencia ulterior. A contracorriente de todo discurso, no proviene de una esfera subjetiva, sino del cumplimiento de una misión superior, y, como suele sugerirse, no es un poeta-artista: es un emisario, un visionario, porque el autor de Archipiélago es un buscador de silencios, jamás un caminante nostálgico hacia Grecia. Contrariamente a sus coetáneos, el camino griego no responde a una idea culturalista: no hay paisaje ideal, sólo una tierra viva, precisa, desde la que pensar la contradicción de “una vida occidental casi insoportable” que pretende, desde lo finito, “abarcar los tiempos”. Poesía, el lenguaje a ti debido es un escrito incisivo, desmitificador, que se adentra en las fuentes del lenguaje para observar su propia erosión, acontecida en nombre de una funcional y sospechosa objetividad. Su autor, Eduardo Gil Bera, propone una llamativa interpretación, una impugnación a la lectura de este degradado presente de la poesía, ya que, según afirma, “la veneración por la ambigüedad como recurso poético sólo puede ser debidamente valorada en las lenguas de alta precisión como eran las antiguas”. En ¿Acceso fenomenológico y semántico a Celan? Hans-Georg Gadamer nos ofrece un acercamiento a la interpretación del autor de la Rosa de nadie, y no precisamente desde un método hermenéutico, ni antepone el fenomenológico al semántico. No, esta vez el pensador alemán nos aproxima a una lectura más subjetiva al reflexionar sobre el hecho poético y la multiplicidad de significados en que, paradójicamente, descansa la unidad del poema. Cuando refiere que “leer es siempre hacer hablar a algo”, nos está remitiendo hacia una dirección que indica que el sonido es una parte esencial del contenido. Por ello Gadamer alude reiteradamente a la cantabilidad del verso, porque conduce a la meditación y nos lleva a lugares que están muy por encima de la verdad científica del poema, de la cual señala que, aun no habiendo sido captada en toda su magnitud, “se ha oído orientadamente”, y ello significa escuchar el todo propuesto por Celan. AgustÍn GarcÍa Calvo, en sus Notas acerca de la “poesía”, hace hincapié en que la poesía “es un caso de lenguaje”, lo último que se les ocurriría decir —son sus palabras— a “los practicantes del arte” y a los profesores de Literatura. Un punto de sumo interés es el referido a la traducción, y al modo en que ésta ha contribuido a falsear lo que por esencia es intraducible, es decir, ese lenguaje que viene de abajo, el “lenguaje de veras”. Un razonamiento en cierta forma análogo al de Isabel Escudero (Principia poetica), quien llama al aviso a los oídos desprevenidos: “sujeto y canto se han fundido” en una misma cosa, en el sentido del decir. Es estimulante su exposición al señalar que el verso, su artesanía, ha perdido terreno en favor de la semántica, “del mensaje”, esto es, en favor de la expresión personal, signo del individualismo democrático. Rosa Rius Gatell subraya, en Poesía y filosofía, una alianza en María Zambrano, que la anulación de lindes entre poesía y filosofía es uno de los principios rectores de la autora de La tumba de Antígona. La sutil y ahora recuperada pensadora apostó por la razón poética, una razón integradora, la única, acaso, capaz de ayudar a la filosofía a salvarse de las trampas que a menudo le han sido tendidas. En la entrevista a José Ángel Valente (El jeroglífico y la libertad), nos hace partícipes del tránsito de una poesía implicada en la cotidianidad, como medio de conocimiento de la realidad, que le ha llevado a la reflexión de lo absoluto de la palabra y al sentido del ser. “Hay que abrir el anonimato en la poesía”, señala, aunque ello debe acometerse con una voluntad antirretórica, porque Valente es el poeta de la disolución. Es revelador el inicio de este poema: “Quedar/ en lo que queda/ después del fuego [...]” La diversidad del pensamiento poético se manifiesta en la amplia galería de las distintas “Poéticas”, en las cuales el lector puede certificar la varia naturaleza de la poesía. Así, José M. Cuesta Abad (De una piedra ilegible), en un escrito de carácter heideggeriano, refiere que la palabra poética viene a ser la línea imaginaria “de un instante que se diría varado en la deriva del tiempo”; se trata de la exterioridad del lenguaje, libre de sujeción ontológica, de la dirección sin tiempo a la que alude Celan. JesÚs MunÁrriz (Esta vez, en prosa) ofrece un discurso vitalista, pugnaz, lleno de fuerza y sensorialidad, a lo Whitman, aunque también sentencioso, sereno. Afirma que la indiferencia no es una actitud del poeta, y en una de las tantas y afinadas reflexiones, casi aforísticas, que conforman su visión, aconseja “escuchar al ignorante para mejor oír al sabio”. Por su parte, Antonio MartÍnez SarriÓn (Cómo pensar la propia poesía) coincide con lo enunciado por García Calvo, en cuanto a que la poesía “es un acto de lenguaje”, si bien estéticamente marcado —con una carga sustancial de expresión y ritmo— y dotado de plena autonomía. Testifica que en su taller de artesano denosta materiales, tan abundantes en poesía, como son la “hinchazón sensiblera”, “la cursilería”, “la ñoñez”; no en vano, y así lo confiesa, cada vez se halla más cerca de autores como Bulgakov, Celan o Bernhard. RamÓn Andrés (Lo que el pensamiento no puede pensar) presenta la poesía como una paradoja, la del moribundo que está destinado a no morir, a vivir de su inminente desaparición. Por ello cree que su forma natural es la agonía, toda vez que insiste en que el poeta debe saber negociar con la nada, ejercitar el arte de obrar poco y admitir que a menudo tenemos mayor presencia en lo que no hemos construido. Diego Romero de SolÍs (Una poética materialista y sentimental) desmenuza en veintitrés puntos el entramado poético de forma escueta y contundente. Sabe que vive en “una época sin ángeles”, y para ello recurre a la ironía, a la agilidad de las palabras, que, como las ciudades, “tienen enormes cementerios de silencios sonoros”. Saberlos captar es vagar por los agujeros negros de la poesía, sumarse a la rebeldía órfica a que nos invita el autor. Jenaro Talens (Algo que no es una poética) se pregunta por qué la poesía no miente, y sabe que no es precisamente debido a la sinceridad de los poetas... Cauto, poco amigo de la afirmación, comenta, sin embargo, que el arte poético surge del caos, y que el análisis y ordenación de sus elementos no corresponden a su autor. El poema es una “máquina” de generar interpretaciones, por ello siente asombro ante los autores que están absolutamente seguros de lo que hacen. Umberto Galimberti (¿Por qué los poetas?) aserta que los poetas han renunciado desde hace mucho a su invulnerabilidad y a su seguridad, y que sus páginas están llenas de un vacío en el que reside el hecho poético. Y algo importante: la poesía, sugiere, no está hecha para ser leída, sino para ser escuchada, de suerte que promueve en quien la lee una escucha más honda de sí. Finaliza este espacio de “Poéticas” Juan Barja (Lo abierto) especulando acerca de la naturaleza de la poesía, de su lugar in-extenso “que ya no da lugar a ningún otro”, porque la poesía es límite pero no frontera, y no separa espacios ni tiempos. Para concluir, La poesía en la era de la bolsa y el periodismo recoge algunas reflexiones procedentes del Zibaldone y del Epistolario, inéditas en castellano, de Giacomo Leopardi, de sumo valor porque nos acercan un poco más al vasto ideario del poeta italiano, a sus pensamientos filosóficos y poéticos, a su percepción. Otro tono, y a modo de ejemplo de poeta en el que caben todas las cosas porque “está vacío de sí”, es la carta, también inédita en castellano, que Dylan Thomas dirigió a Trevor Hughes (Dylan Thomas: escribir a un amigo), cuyo fundamento no es sino la contradicción, el deseo de un poeta que quiere sustraer al poema —y a sí mismo— todo argumento, que sabe que está a merced de otro “yo” que jamás tendrá nombre. 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