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PRESENTACIÓN CARPETA Nº 4:
¿Había mejor broche de oro al nosecuántos centenario de la Revolución francesa, madre del moderno Estado absoluto, que el desmoronamiento en cadena de sus variantes orientales? Ni la más previsora de las comisiones conmemorantes, con sus eruditos mil, había barruntado siquiera el colofón que ha puesto la historia en su magnífica imprevisión. Toneladas de burocracia cayendo estrepitadas al sorprenderse, como el gato hiperrevolucionario de los dibujos animados, sin suelo bajo los pies. Un suelo que ellas mismas habían reducido a polvo cuando, hace ahora casi un siglo, los gérmenes de los pecés respectivos sofocaron las revueltas populares que brotaban, como hoy, por doquier sin haberles pedido permiso. Tanto entendido ahora asombrado tal vez hubiera intuido algo de haberse interesado por alguno de los estremecedores testimonios directos de aquellos primeros días, como los de Volin en La revolución desconocida, las últimas cartas de Kropotkin, o las silenciadas denuncias de Gastón Leval o Emma Goldman. Claro está que ni en el anterior régimen ni en éste podrá encontrar ediciones disponibles.¿Tantas vidas, razones e ilusiones arrasadas para acabar llegando al principio (que no a otra cosa parece apuntar el propio término re-volución)? También las de las revoluciones se asemejan a crónicas de una muerte anunciada; anunciada en su mismo proyecto o premeditación, mucho antes de que ningún Napoleón o Stalin vinieran a cumplir –que no a traicionar– lo que ya estaba escrito. Así, ya en el mismísimo octubre de 1917, en un editorial titulado "¿Es éste el final?, podía leerse en Goloss Truda, semanario anarquista de Petrogrado: "No dudamos un sólo instante de que este nuevo poder (organizado desde arriba y desde el centro) no sabrá emprender la verdadera construcción socialista, ni siquiera satisfacer las necesidades esenciales e inmediatas de la población. No dudamos que pronto las masas se decepcionarán de sus nuevos ídolos y habrán de volverse hacia nuevas soluciones. Entonces, tras un intervalo más o menos prolongado, la lucha volverá a empezar necesariamente". Aunque el intervalo, como suele ocurrir, se atragantó de tiempo. Al margen, pues, de necrófilas conmemoraciones y de vergonzantes salutaciones por la vuelta al "buen camino" de las últimas grandes revoluciones históricas, parece éste momento oportuno de pararse a pensar en esa clase de acontecimientos que se ha dado en llamar revolucionarios. De ellos nos atrae en especial su momento negativo, de crisis (de krinó, en griego, ‘yo decido’), de fractura, de ruptura con el reino de la necesidad y apertura a los posibles que conviven en ese posible dominante al que dicen realidad. Pero no menos inquietante es la indagación de las causas de su momento positivo, de recaída en la heteronomía (de nuevo ‘él decide’), de casi fatal vuelta a lo mismo (implícita en el mismo término latino re-volvere), de renovada sumisión de los posibles desatados a ese posible triunfante que –ya único– definirá la nueva necesidad. Momentos ambos que seguramente no lo son tanto en el tiempo (no hay ley para aquello que la quiebra) cuanto en la entraña misma de cada situación, viniendo a predominar uno u otro según la ocasión. Ese momento afirmativo, definitorio y definitivo, de las revoluciones es el que denuncian Tomás Ibañez y Agustín García Calvo en esta Carpeta: en tanto que proyecto o plan premeditado toda revolución es totalitaria. Es a pesar incluso de la Revolución como en los momentos calientes de la historia se hace oír ese sordo bullicio de las gentes que pugnan por una alteración radical, que como deseo siempre está presente. Una alteración cuya probabilidad aumenta –según el Adiós a la Revolución de Tomás Ibañez en las sociedades más complejas, pues los márgenes de imprevisión que éstas exigen para poder funcionar acrecientan, paradójicamente, la posibilidad si no de una revolución sí de un "gran desbarajuste". Aulo Casamayor, seudónimo habitual en la prensa antifranquista, sale al paso del supuesto fracaso actual de las revoluciones marxistas arguyendo que, por una parte, no las hubo de hecho (véase su "Los presupuestos de la táctica leninista de la “lucha por la democracia”", Cuadernos de Ruedo ibérico, nº 46-48, dic.75) y que, por otra, a fortiori no hubiera podido haberlas, habida cuenta de que la misma obra teórica de Marx se ajustaba perfectamente a los valores dominantes hasta el punto de venir a ser ella misma ideología que oculta más profundas formas de dominación. Sobre el significado actual de la ciencia marxista y la ética bakuniniana de la revolución sostiene la vigencia del pensador anarquista, precisamente por no haberse dejado atrapar en las prestigiosas redes de una pretendida cientificidad. Acaso la revolución sea, como apuntara Gustav Landauer, irreductible al tratamiento científico, pero desde Thomas S. Kuhn es la ciencia la que sí ha resultado ser susceptible, por así decirlo, al tratamiento revolucionario. Los periodos de "ciencia normal" se ven también sacudidos de tiempo en tiempo por momentos críticos en los que los paradigmas explicativos se desmoronan bruscamente. A partir de estos criterios, Javier Echevarría concluye, sin embargo, que las revoluciones científicas pertenecen al pasado, dada la creciente dependencia que la investigación sufre respecto a la gran industria y la administración del Estado. Invirtiendo el punto de mira, la teoría de catástrofes de René Thom es sin duda uno de los intentos más rigurosos, originales y audaces de pensar los cambios bruscos, la irrupción y desaparición de las formas estables en el flujo constante del devenir. Por su desarrollo en términos de una matemática cualitativa, a menudo se le he reprochado su incapacidad para predecir posibles desestabilizaciones por venir, lo cual antes que una carencia se nos antoja una virtud: Thom no ensaya un nuevo instrumento de control sino una especie de poética matemática, un poderoso artefacto inventor de realidad. La crítica de Ivar Ekeland no se suma a las antes apuntadas, más bien denuncia, por decirlo pronto y mal, su insuficiente catastrofismo: Thom, a su juicio, está más interesado en la nueva forma de estabilidad alcanzada tras una catástrofe que en la catástrofe misma. Pese a su autoproclamado anclaje en la pasión aristotélica por el dinamismo y la singularidad concreta (véase su Esquisse d'une semiophysique). Théorie des catastrophes et physique aristotélicienne, París, 1988), Ekeland advierte en su trasfondo al Platón más estatalista, empeñado en capturar la energía desplegada en los cambios drásticos mediante el cazamariposas de esas formas arquetípicas que serían las siete catástrofes elementales. Volviendo a una óptica más inmediata política, frente a la ilusión totalitaria del asalto al Estado por la Revolución, como si aquél gozara de alguna entidad específica, la resistencia de Michel Foucault a tomarlo como objeto distinto de estudio y consideración alude a su difusión por todo el tejido social, a la estatalización creciente de las prácticas cotidianas. De la insustancialidad del Estado parecería así poder derivarse la de las revoluciones que lo han venido recorriendo. En Psicoanálisis, revolución y deseo, Jorge Alemán, lacaniano de pro, denuncia la ausencia de la categoría del deseo en la teorización marxiana, su incapacidad para entender el goce que funda el vínculo social. Así, el triunfo del Ideal revolucionario es su muerte. Frente a la sustitución revolucionaria de un centro por otro, la sana subversión llama a un descentramiento; descentramiento que ya la revolución freudiana empezó por provocar en el propio individuo respecto de sí mismo. La devastadora fuerza centrípeta que es inherente a esa Revolución paradigmática que ha venido a ser la francesa es el tema de reflexión de E. López Adán "Beltza" en La Revolución y las naciones prohibidas del Hexágono. Para su autor, uno de los fundadores de ETA, aquel centralismo, padre del de los Estados modernos, desbarató cuantas instituciones –lingüísticas, históricas, geográficas, culturales...– mediaban entre el Estado y el mero individuo privado que, por otra parte, es creación de la misma Revolución. Acaso sólo triunfen, pues, en su sentido más vivo, las revoluciones derrotadas. Tal vez por ello la que tuvo lugar en nuestro suelo en los años 1936-37 pudo así librarse de las habituales conmemoraciones. Aunque la otra cara del casi nulo interés que ha merecido incluso de los historiadores, sea bien su distorsión sistemática (véase, p.e., De la historiografía... en "Archipiélago, nº1) bien un interés casi exclusivo en sus enfrentamientos con la contrarrevolución, fascista o comunista. Frank Mintz, infatigable rastreador de las colectivizaciones, entra así en un aspecto casi inédito: el de las diversas, y en ocasiones encontradas, orientaciones que animaban a aquellos otros revolucionarios. Con esa indiscreta mirada a lo discreto de que suele hacer gala lo más lúcido del empirismo anglosajón, Ervin Goffman advirtió que las grandes fracturas sociales se hacen de una multitud de pequeñas fracturas que tienen lugar en los encuentros interpersonales, en los cotidianos enfrentamientos/sumisiones a la autoridad de turno, donde las gentes "se juegan la cara". William A. Gamson sintetiza aquí El legado de Goffman a la sociología política, completándolo con las conclusiones de sus propios experimentos. Para el autor de Asilos, Estigma y El ritual de la interacción, la verdadera pregunta no apunta al por qué de las convulsiones sociales sino a esa pertinaz ausencia suya que ya admirara a La Boétie: ¿cómo es posible que tanta gente aguante tanto? El sociólogo canadiense nos devuelve así la imagen de nuestras propias microfracturas como un cruel espejo, descritas con la minucia de un etnólogo que se aventurara por tierras civilizadas. Por ser "obra demasiado absurda para ser peligrosa" permitió el ministro del Interior del momento la publicación en 1844 de El Unico y su propiedad de Johan Caspar Schmidt, algo más conocido como Max Stirner. Y acaso por ser "demasiado peligrosa para ser absurda" se evita su mención siquiera en los edificantes manuales al uso de historia de la filosofía. Entre ¿Revuelta o Revolución? cifra Stirner la diferencia entre la preocupación por las nuevas instituciones, que caracteriza a las revoluciones y las condena a la repetición de lo mismo, y el alzarse contra –y sobre– todas ellas. El contrapunto lo pone Cornelius Castoriadis intentando precisar las condiciones de posibilidad, pero también los límites, de cualquier alteración social-histórica, de cualquier emergencia de una sociedad y un hombre otros, que en las revoluciones se muestran en toda su dramaticidad. En Poder, política, autonomía sintetiza sus últimas indagaciones en torno a la dialéctica instituyente/instituido, creación/repetición, autonomía/heteronomía subyacente a todo cambio social, donde el descuido de uno cualquiera de los momentos opuestos puede hundir las mejores intenciones ya en el delirio ya en la más profunda sumisión. Visita la página de Suscripciones y Pedidos. Suscríbete, suscribe a un amigo o pide la colección completa de la revista. |
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