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PRESENTACIÓN CARPETA Nº 42:

La ambigua tensión de la tragedia

Los textos que aquí reunimos bajo el membrete de “La ambigua tensión de la tragedia” tratan de volver a poner sobre el tapete el tema de lo trágico, de la dimensión trágica de la existencia, del pensamiento trágico o la conciencia trágica de las cosas.

La tragedia surge en Grecia a finales del siglo VI a.C. y, tras un extraordinario y crucial florecimiento, no bien hubieron transcurrido cien años, su vena pareció estar ya agotándose hacia fines del siglo sucesivo. Pero la treintena de tragedias que de ese período ha llegado hasta nosotros —Esquilo, Sófocles, Eurípides…— nos pone ante los ojos un material incomparable para la indagación del carácter irreductiblemente enigmático del hombre y el mundo, para el intento de comprensión del obrar del hombre y la epifanía de la verdad. Después, repetidamente, en otras áreas y tiempos, algo de lo que allí se escenificó ha vuelto a desafiar, a estimular y vivificar a dramaturgos y autores de diversa índole: el barroco, el clasicismo francés, la época de Goethe, algunos filósofos señeros y algunos autores de la literatura moderna. Todo ello forma parte de una de las líneas de expresión e indagación más relevantes de nuestra civilización, y en los artículos que siguen nos detenemos también en alguno de esos hitos, sobre todo en los que revelan la imposibilidad de la tragedia para el hombre moderno (Hölderlin) o su pérdida en las huecas y desesperadas ceremonias de la reiteración (Beckett), sin olvidar a Shakespeare, a Calderón, Dostoievski o Nietzsche.

Pero los imponentes cimientos de esa forma de situarse ante el mundo y representarse en el mundo que es la tragedia, la estructura de la contradicción y la tensión trágica, están trazados de un modo colosal, insoslayable y probablemente irrepetible en Grecia.

Haríamos mal en no ver en la tragedia poco más que un género literario de excepcional importancia, una época de oro de la representación escénica, y no una de las más poderosas construcciones del hombre para intentar presentar, decir y desvelar el enigma de fondo de la vida del hombre entre los hombres. Relacionada en su origen con los rituales fúnebres en honor de los héroes y con los ditirambos en honor de Dioniso, la tragedia nace en un lugar y un tiempo muy concretos. Se desarrolla fundamentalmente en la Grecia del siglo V a.C. en un momento en que las antiguas representaciones religiosas, los antiguos valores heroicos, los relatos del mundo que habían sido grandes empiezan a ser eso, antiguos, pretéritos, y su valor y su grandeza se estrellan, en un encontronazo inaugural, con los modos de actuación y pensamiento que están naciendo en el nuevo marco de la ciudad. Para establecerse como tal, la ciudad, su naciente derecho, la tendencia hacia un entramado de leyes coherente y extensivo, tiene que rechazar los viejos valores heroicos, las viejas representaciones a partir de las cuales empero se constituyó y de las cuales sigue siendo todavía inseparable. Lo mítico se da de bruces con el pensamiento jurídico en plena elaboración, y ese choque no resuelto ha producido uno de los mayores monumentos de la labor del hombre. La verdadera materia de la tragedia es el ideario social propio de la ciudad, han dejado dicho Vernant y Vidal-Naquet en un libro fundamental. Pero ese encontronazo, esa oposición, no se resuelve sin residuos. Los polos, los términos de la oposición aparecen como insuperables y a la vez inseparables en una compleja estructura que preserva la incertidumbre, que no anula los términos del planteamiento sino que los preserva en tensión. En el pensamiento trágico no se atiene uno a una cosa, ya que ello significaría una delimitación clara y excluyente entre los polos, entre luz y sombra, verdadero y falso, sentido y sinsentido. “Se sabe con una especie de ignorancia que nos disuade sin aclararnos”, dijo Blanchot.

La acción de los hombres en colectividad ha empezado en la Grecia de esa época a ser objeto de reflexión jurídica racional y no sólo de relación o “relatación” de mito, pero todavía esa reflexión no se basta a sí misma, todavía no ha adquirido un estatuto autónomo y es indivisible de los antiguos relatos. La conciencia soberana y rectora, las leyes soberanas de la ciudad aún no se han impuesto. Los diversos planos se mantienen insuprimibles como opuestos y en ese mantenimiento tenso y ambiguo crece la tragedia a la vez que ésta —que no hay que considerar sólo como una forma de arte sino como una institución social que situar al lado del resto de las entidades políticas— es la revelación de todo ello. Ninguna respuesta satisface todavía, ninguna interrogación queda eliminada después de formularse la respuesta, ningún actor importante permanece igual a sí mismo y sin romperse, sino desgarrado en una problemática estructura de desgarros, de pasos de un sentido a otro sin renunciar a ninguno de ellos y con la conciencia de esos pasos.

Ya no es, como en el mito, una ambigüedad ingenua que no se cuestiona, sino el cuestionamiento que no alcanza solución ni conciliación en ninguna superación de los contrarios.

Hoy, cuando una nueva forma de pólis está empezando a inscribirnos en un nuevo orden, y cuando las representaciones y relatos, las heroicidades y enterezas que conformaban y alentaban nuestra vida, y de las que todavía no podemos separarnos, se dan de bruces en un encontronazo a veces intenso y admirable y a veces ridículo con el nuevo orden técnico que nos pone a merced de fuerzas, leyes y relaciones que difícilmente somos capaces de dominar, el planteamiento trágico, la disposición trágica, nos permite tal vez pensar en una forma más profunda el sentido de la libertad. Ver otra vez el mito, los viejos mitos, con ojos de ciudadano moderno y, a la vez, lo que se nos prepara y andamos preparando como ciudadanos modernos a la luz desmesurada de los mitos que aún nos pueden. Y asistir tal vez a un momento de revelación, de descubrimiento en que se arrancan las máscaras de la cara. Por eso, por ese barrunto de la sazón y fecundidad que puede suponer la tragedia, hemos hecho gavilla aquí de las calas que sobre lo trágico, desde distintos y hasta opuestos enfoques, realizan los profundos conocedores del tema que presentamos al lector.

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