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PRESENTACIÓN CARPETA Nº 47:
Hegel se quejaba de que los historiadores de su época habían abandonado la narración histórica por una suerte de bizantinismo teórico completamente vacío. "El autor de cada juicio", decía el filósofo, "empieza por exponer su propia teoría sobre la manera como debe escribirse la historia, para pasar después a oponerla a la del libro criticado. Estamos siempre a la búsqueda de un modo de escribir la historia". Quizá haya un "momento de verdad" en la queja del filósofo, por decirlo en su lenguaje. Del mismo modo que la filosofía se tiende a sustituir por historia de la filosofía, la interpretación repetida de los mismos textos o los comentarios sobre las interpretaciones, y se atienden cada vez menos los procesos reales efectivos, la narración histórica gusta de ocultarse tras consideraciones interminables sobre la imposibilidad de escribir historia o la legitimidad de escribir esto y su contrario (que es la misma forma de zanjar el problema). Pero lo menos que puede alegarse en defensa de los historiadores sometidos al tribunal hegeliano es la dificultad de tenerlo todo tan claro como este juez implacable. Y está bien que así sea. La resolución de todos los problemas sobre quién cuenta qué cosa, cómo y para qué, devolvería la historiografía al terreno del mito, de cuya liquidación precisamente surge. En efecto, se ha señalado con justicia que la historiografía emerge junto a la filosofía y la democracia en un mismo movimiento en Grecia. La interrogación crítica sobre los orígenes quiebra los mecanismos de transmisión del relato mítico, abriendo así una brecha insalvable entre relato y acción donde los historiadores habitan y trabajan. El demonio de la reflexión rebaja el fervor que viajaba antes en el relato mítico separando tajantemente valor de hecho y valor de derecho. Por eso, cuando los historiadores lamentan que el discurso sobre el pasado ya no entusiasma ni arrebata al público como antaño, en verdad sienten nostalgia por una época en la que la historiografía no existía, ni podía existir. Cuando las palabras eran órdenes. Pero el hecho de que el relato sobre el pasado ya no sea el vehículo que escoge la ley para tatuarse a sangre y fuego en la carne de los oyentes, no anula su importancia como molde donde se da forma a nuestra memoria y nuestra imaginación. Quizá ya no nos sentimos obligados a imitar las acciones ejemplares de las figuras protagonistas de las narraciones históricas, pero nuestra inclinación a escuchar historias no ha variado esencialmente. La emergencia de la democracia, que privilegia la acción sobre la repetición, abrió un dominio particular confiscado por la tradición hasta aquel momento: la indeterminación del porvenir. Como la facultad de actuar no produce resultados que se puedan transmitir mediante dispositivos como el mito, necesita desarrollar otro tipo de mecanismos a su medida para redimir en lo posible la fatalidad del olvido y la destrucción. "Para que el tiempo no pueda abolir los trabajos de los hombres...". El discurso histórico es uno de esos mecanismos, aunque su apropiación sistemática por los que quieren hacer de él otra forma de olvido le haya robado su aire de inocencia. Por un lado, el discurso histórico "restaura" el sentido de acontecimientos que merecen perdurar en el recuerdo de la gente, pero también es utilizado como forma de domesticar el pasado por los gobernantes que buscan "dirigir monárquicamente la energía de los recuerdos". En esta tensión entre sus distintos empleos se abren todos los interrogantes sobre los que se intenta echar un poco de luz en esta carpeta de Archipiélago: el papel de la historia, su función, el modo de transmitirla, los conceptos de temporalidad que se barajan en la tarea del historiador como educador, la importancia de la buena narración, la pertinencia o impertinencia de juzgar la historia como una ciencia, las distintas maneras de respetar los hechos pasados y la heterogeneidad esencial de lo social..., evitando siempre la tentación sofista de considerar la verdad como puro "efecto del discurso", y el discurso como "disposición estratégica de fuerzas prestas al combate", concepciones idénticas a las de tantos políticos y periodistas embarcados en guerras donde el respeto por los hechos y su fragilidad sólo es una traba. Cuando la amnesia es celebrada como forma suprema de libertad en una época que pretende erosionar todo lo que contenga un valor objetivo, considerado una forma intolerable de opresión para el individuo narcisista que ni siquiera quiere saber si existió alguien antes de él, la narración histórica puede arrancar al oyente de su mísero universo autorreferencial y permitir su acceso a una existencia más rica. "Una adquisición para siempre", decía Tucídides sobre su trabajo. Pero allí donde crece lo que salva, allí también está el peligro, diríamos invirtiendo los términos del poeta. Encarar el pasado no es lo mismo que enfrentarse a los enemigos en un vídeo-juego. Por esa razón, Hannah Arendt, pensando en los campos de exterminio nazis, apuntaba lo siguiente como respuesta precaria y provisional a los interrogantes sobre las formas más dignas de relacionarse con el pasado: "Lo mejor que puede lograrse es saber con precisión qué fue, soportar este conocimiento y luego aguardar y ver qué resulta de este conocimiento y esta tolerancia". Visita la página de Suscripciones y Pedidos. Suscríbete, suscribe a un amigo o pide la colección completa de la revista. |
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