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PRESENTACIÓN CARPETA Nº 49:
Archipiélago, en estrecha colaboración con la editorial Arena de Madrid, ha pensado convocar aquí a los lectores a dirigir la atención o, mejor diríamos en este caso, a volver la mirada, hacia la escritura de Maurice Blanchot. Si decimos Maurice Blanchot, desde luego que no queremos decir, como no es por lo demás nunca nuestra intención, la cotización de un Nombre Propio en la bolsa de los valores culturales, ni el intento de especular en ella al alza ni a la baja o de encender espectaculares luces de neón o devotos resplandores de velas en torno a una obra o una figura. Eso, por mucho que además no queramos, lo más seguro es que se produzca en cualquier caso. Pero pongamos —deseemos— que sea algo residual y al margen de nuestra convocatoria. A lo que convocamos pues no es a volver la mirada hacia el rostro de un escritor sin rostro que ha sabido preservar su ausencia en su presencia, su aparición desde su desaparición —como es sabido, en la práctica casi sólo contamos con una fotografía suya de juventud, y con que está y vive pero sin estar o por lo menos sin saberlo a ciencia cierta—, sino a volver la mirada hacia su escritura, hacia la tarea incesante e incierta de su escritura. El escritor pertenece a la obra, ha escrito, escribir es lo interminable, y ahí, en la obra, en lo interminable, en lo de afuera, es donde proponemos bajar a buscarlo o hacia donde vamos a volver nuestra mirada. Pero esa invitación a volver la mirada hacia ese ahí y ese eso que por comodidad llamamos Maurice Blanchot no es una invitación baladí ni sobre todo exenta de riesgos, como explica Ángel Gabilondo en su artículo. Es una invitación, un acicate del deseo, de la curiosidad, directamente dirigida a hacer tambalear la luminosidad de lo luminoso, las unilateralidades, las seguridades, los sentidos únicos, las direcciones obligatorias, las ciencias ciertas, lo impecable, la suficiencia. Es una invitación a dejarse la piel en esa vuelta de la mirada y muy probablemente también a no haber podido ver nada al cabo, a haber cancelado con esa decisión incluso a la propia obra o al propio Maurice Blanchot. Ése es el riesgo o tal vez la seguridad, volver de vacío —pero con una extraña sensación contraria, o al revés, regresar pleno pero con una extraña sensación de oquedad—, desintegrar a Blanchot con la lectura del mismo, anularlo al volvernos a mirarlo. Pocas obras hay a lo mejor como la de Blanchot que, tras el esfuerzo de habérnoslas con ella, restituyan muchas veces aparentemente tan poco, como esa operación de coger el agua con el cuenco de las manos de una fuente que mana a borbotones y al cabo, al retirarlas, encontrarnos con un pequeño fondo de líquido que enseguida desaparece. Queda poco en limpio al leer a Blanchot, poco directa o positivamente aprovechable, pero el fondo al que nos lleva y la operación que sugiere son inmensos. Y lo mismo que se queda uno quizá con nada, se queda también con la sensación de que, aun escapándose, nada se escapa, pues ahí, en su obra y sus enunciaciones perseveran los discursos latentes, los discursos separados, segregados, sin poder ni derecho, las otras posibilidades, la misma oscuridad, las contradicciones. La escritura de Blanchot es la escritura que mantiene los reversos, los enveses, los reveses; es la escritura de los quiebros, los tientos infinitos, el fragmento, una escritura que nos atrae y a la vez nos repele, que nos retiene expeliéndonos continuamente, que nos hace sentir a las claras (¿a todas luces?) en la oscuridad: “escritura en las últimas”, como dice Isidro Herrera en su texto. Es, también, la escritura que se esponja en todo ello y se desborda. Y ese esponjamiento puede también parecer verborrea, incontinencia, hojarasca. En ese chapoteo lingüístico, privado de la tensión intelectual de Blanchot, es posible que hayan incurrido muchas veces algunos de sus seguidores e incluso toda una cultura, en particular de nuestro vecino país, que se han puesto a chapotear con las palabras sin realizar ni por asomo a veces esa operación previa, y terrible a la par que despreocupada, que es el descenso a los infiernos. “Escribir comienza con la mirada de Orfeo”, ha escrito, “y esa mirada es el movimiento del deseo que quiebra el destino”. Acusar además a Blanchot de ese chapoteo con las palabras es algo quizá semejante a achacar a Loos la proliferación de esos bloques funcionales de colmenas en los que han puesto a vivir a la gente de las barriadas de nuestras ciudades. “Maurice Blanchot no concibe otra literatura que no sea a la vez la expiación del hecho mismo de escribir”, leemos en el escrito de Rafael Conte. “La literatura, como el pensamiento, sólo es experiencia de sí misma y para sí misma”, escribe también el propio Blanchot. No excluir nada, ninguna hipótesis, ningún pliegue, ningún reverso o posibilidad y erigir todo ello a soberanía. Bien. Ahora bien, el paso de eso a la política, como bien pone de relieve J.L. Pardo en su escrito, es un (no) paso peliagudo, un juego al que también hay que recordarle sus reversos. Volver la mirada a Blanchot —volverla con una despreocupación y una impaciencia que incluyen la mayor preocupación y la mayor paciencia, volver nuestras seguridades luminosas y nuestros enunciados impecables y netos— como de alguna forma la volvió Orfeo en su descenso hacia Eurídice, que desapareció por ello, es la operación a la que aquí arriesgadamente convocamos. Ahí es nada (y ahí es todo). Visita la página de Suscripciones y Pedidos. Suscríbete, suscribe a un amigo o pide la colección completa de la revista. |
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