Promociones


PRESENTACIÓN CARPETA Nº 52:

A la luz del secreto / I. Gomez de Liaño

George Simmel aventuró la desaparición definitiva del secreto conforme el mundo se democratizara y las grandes urbes se convirtiesen en los preclaros lugares de encuentro de la gente planetaria. Walter Benjamin, por su parte, creyó que la transparencia, el vivir en una casa de cristal, era la virtud revolucionaria par excellence. Y Theodore Roszak, mientras la contracultura fue el invento, convino que las figuras públicas debían tener poca cosa privada. Pero también la canción popular, desvelando desde la sentimentalidad más banal de cualquier adolescente con voz meliflua hasta la nostalgia supuestamente combativa del cincuentón rijoso y malhumorado, el arte pop con sus fetiches de supermercado, el consumo general y sus delatores montoncitos de mierda (Dominique Laporte) a la puerta de la casa, y el cine, sobre todo el cine, volviendo imagen firme la piel de los secundarios —esto es, la piel de todos—, han pretendido cumplir con uno más de los sueños extravagantes de la Modernidad y, así pues, hacer la luz de nuevo, pero ahora una luz humana, fieramente humana, que nos diera un aspecto claro, cristalino, diáfano, honesto, límpido, serio; o lo que es igual, que en la vida jamás volverá a haber un secreto entre nosotros, corazón.

Pero la Modernidad resultó un fiasco, resultó que ella también convivía con un secreto, el de su falsa promesa, y cuando al final se desveló, nos volvió eternamente recelosos, enganchados a la producción permanente de secretos, supuestamente escondidos tras el último de los revelados, lo mismo que el alcohólico capaz de confraternizar con sus bichitos y salir con ellos de copas. De la confianza en estar a punto de saber la Verdad para siempre, esto que llaman la postmodernidad nos trasladó al más firme convencimiento, por lo vacío, de sospechar un secreto más, y otro, y otro, y otro, con la misma convulsión para seguir en ello que pone el comedor de pipas en acabar su bolsa. Pero el secreto, como aquel cadáver de César Vallejo, sigue escondiéndose mientras acuden a su lado uno, dos, tres, mil millones, todos los escudriñadores del mundo. Si todo es relativo, como ahora se dice con obvia afectación, es porque tras todo hay algo más imposible de revelar.

Pues bien, a ello es a lo que se juega aquí, en este número de Archipiélago, que, conforme a nuestra querencia más íntima, una vez impreso, puesto en circulación, recibidas las primeras críticas a favor y las más que seguras reprimendas de cuantos tahúres aún esconden una verdad en la bocamanga, debería continuar en secreto o, por lo menos, pasar inadvertido, así lo deseó para una de sus novelas, la mejor, Macedonio Fernández; una novela, entonces, y un número de la revista cifrados y escondidos en el porvenir, por, mientras llegan, esconderlos, a uno y a otra, todavía, en las palabras desveladoras de otro libro de Ricardo Piglia.

Porque quienes iniciamos el proyecto (otro secreto sus nombres) andábamos, pese a todo, convencidos de llegar a saber algo más de la pregunta que le hacíamos a cada uno de los autores aquí concurrentes, y ahora, ya en poder de sus respuestas —atinadas, porque también hay que decirlo—, lo más convincente, no obstante, de ellas es que se cierran a tiempo, conservando escondida, acaso como la terrible caja de Pandora, la esperanza de nuevos secretos, que sólo cuando desvelamos a sus antecesores nos empiezan a amenazar con su desconocida existencia. En este sentido debemos reconocer el carácter de collage y de antología que tiene este número. Collage por cuanto los textos que contiene —en algunos de ellos doblemente buscado el juego benjaminiano de escribir un texto propio sólo con escritura ajena— se solapan, se aclaran, se interpretan, se quieren y se odian porque se contradicen unos a otros y todos entre sí. Y antología porque sin duda faltan textos en ella, unos que se podían haber buscado y encontrado, otros que sólo cada lector puede echar en falta, y otros, porque no es ningún secreto que las antologías cumplen principalmente el papel de no contar con quien no cuentas.

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