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CARPETA Nº 56:

LA INQUIETANTE LUCIDEZ DEL PENSAMIENTO REACCIONARIO / EUTANASIA: VIVIR LIBREMENTE LA PROPIA MUERTE

LA INQUIETANTE LUCIDEZ DEL PENSAMIENTO REACCIONARIO

Joseph de Maistre, Donoso Cortés, François Guizot, Ernst Jünger, Carl Schmitt, Leni Riefenstahl, Cioran, Heidegger, Friedrich Reck, monsieur Destouches, más conocido como Céline... una lista de nombres que producen mucho “temor y temblor”. Reaccionarios, conservadores, ortodoxos, contrarrevolucionarios, enemigos implacables de todos los lugares comunes que jalonan nuestra “normalidad democrática”, etc. ¿Por qué dedicarles un número de Archipiélago, si la corrección política aconseja considerarlos en todo caso como un síntoma sociológico de la erupción absolutista o totalitaria que amenaza de cuando en cuando nuestras instituciones? ¿Acaso se trata de “conocer mejor al enemigo”? Pues no sólo eso, ni mucho menos. La razón principal chocará a muchos, pero es muy simple: todas esas figuras tan singulares que componen este número iluminan vivamente los últimos siglos de historia. Lo hacen, eso sí, a su modo, con una luz negra, aberrante a veces, despiadadamente lúcida en otras ocasiones. Su mirada llega a incendiar incluso en algunos casos el mismo territorio que inspecciona. Pero medirse con ellas no deja nunca intactas nuestras convicciones y certidumbres, sacude todas nuestras inercias bienpensantes, el confort que producen las ilusiones. Es un verdadero desafío para nuestra inteligencia e imaginación troqueladas sobre el molde ilustrado: confiado en la razón, los derechos humanos, la equivalencia entre progreso y felicidad, la separación de poderes, las bondades del cosmopolitismo, etc.

Los mismos hechos vienen a golpear con brutal insistencia a nuestra puerta exigiendo que abramos mucho más nuestros ojos y nuestros oídos. Sabemos, por ejemplo, que justo en el momento en que se proclama la Declaración de derechos del hombre, el mundo sólo es capaz de encontrar un alojamiento para aquellas personas que lo habían perdido todo (cuerpo político, patria, dinero, ciudadanía particular) excepto su humanidad: el campo de concentración. Sabemos que el nazismo no sólo fue el mito de la raza y la sangre, la histeria de masas y el delirio de los dirigentes, sino también la industria, la ciencia, la técnica y la burocracia, que supuestamente encarnaban el bien y la verdad, aplicadas plenamente al exterminio de millones de personas. Sabemos que muchas tentativas de fundar una sociedad política con “mayoría de edad”, libre de tutelas religiosas, han terminado fabricando en serie guillotinas, campos de concentración y checas. Nos han enseñado que Kelsen siempre tiene razón contra Carl Schmitt, pero entonces nos preguntamos: ¿cómo es posible que el mundo se parezca mucho más a un estado de excepción de geometría variable y que la retórica kelseniana no enseñe nada sobre lo real ni contribuya un ápice a corregirlo?, ¿de qué demonios está hecha entonces la sociedad para que los sueños de la razón produzcan tales monstruos?

“Loco es quien lo ha perdido todo excepto la razón”, dice Chesterton, sin duda el invitado más sonriente a este número (pace Nietzsche). Para no volvernos locos, habrá que sortear con desenvoltura los criterios dominantes sobre qué es correcto leer y qué no, y sondear unos discursos que ciertamente no son muy edificantes (para eso ya tenemos los telediarios en cadena nacional), pero estimulan nuestro cerebro como pocos otros más.


EUTANASIA: VIVIR LIBREMENTE LA PROPIA MUERTE

Si existe el derecho inalienable a la vida -irrenunciable, porque es involuntario, al menos en sus inicios-, debe existir inexorablemente su aparente contrario, el derecho inalienable a la muerte -éste sí, declinable, porque es voluntario, por tanto fruto de una decisión privada. Si se ampara el primero -basándose en la protección de una vida incipiente e indefensa-, más aún debe respaldarse el segundo -porque disponer de la propia vida y de su destino debe ser la máxima aspiración del ser humano y, por tanto, la de acabarla.

Desde Las formas elementales de la vida religiosa, por lo menos, sabemos que todas las sociedades se han empeñado desde sus mismos inicios en buscar un fundamento que proporcione sentido a una vida sin sentido, y que todas coinciden en emplear un mecanismo de magia o sortilegio social: el convertir una decisión de naturaleza social -el hombre quisiera casi siempre ser inmortal- en un principio indiscutible de naturaleza natural -somos inmortales porque los dioses, sean cuales fueren, nos dotaron con esa gracia-, sutil y al mismo tiempo pueril razonamiento que pretende anclar la flaqueza metafísica del género humano en la dura roca de la madre naturaleza.

Sólo se entiende que en el siglo xxi persista esa ansia metafísica ilusoria -y sus indeseables corolarios, el de extender a todos la obligación de vivir aunque ya no se desee- si pensamos en una de estas dos cosas: que el pensamiento humano es recurrentemente “salvaje”, como dijo Lévi-Strauss, mitológico, y que retorne continuamente a esa seguridad; o que existan administradores de esas mitologías que obtienen copiosos provechos por franquear o negar la entrada en la otra vida a quien la pretenda -por condenar, de paso, a quien no reconoce su derecho de paso. A esos celadores celosos habría que recordarles lo que escribiera Casanova: “No pudiendo, pues, por mis propias luces, alcanzar la certeza absoluta de ser inmortal sino después de haber dejado de vivir, se me perdonará el que no tenga prisa por llegar a conocer esta verdad […]”.

El ser humano es un ser sin razón de ser, y lo sabe y pone multitud de mecanismos en funcionamiento para justificar su existencia, para legitimarla, para explicarla, y es comprensible. Pero el gran invento occidental, el Estado aconfesional, es aconfesional precisamente para que quepan todas las confesiones siempre y cuando respeten el derecho a la vida y, en consecuencia, el derecho a la muerte, y no puede defender el primero sin asegurar el segundo -en todas sus formas y variedades y modalidades, sin escándalos ni artificiosas hipocresías.
Archipiélago ha pedido a la Asociación Derecho a Morir Dignamente (1) y a otros especialistas, bajo la coordinación de Alfonso Ormaetxea, que contribuyan con sus aportaciones a demostrar que la prueba más sólida de nuestra libertad es la de disponer dignamente de nuestras vidas.


(1) Plaza Tirso de Molina, 12, 4º dcha. 28012 Madrid. Tfno.: 91 544 51 43. E-mail: dmdmadrid@eutanasia.ws. Página web: www.eutanasia.ws.


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