CARPETA Nº 61:
CONSUMIR EL MUNDO: HACIA UN USO RESPONSABLE DE LA ENERGÍA
El hombre ha utilizado energía externa a la de su propio cuerpo desde períodos prehistóricos. Primero fue la leña y la fuerza de los animales, incluso la de los esclavos; luego avanzó en el empleo del viento para navegar o para mover molinos. La Revolución Industrial introdujo cambios muy importantes en nuestra evolución: abrió el camino a la intensificación de actividades productivas y de la movilidad, a las posibilidades de uso de nuevas fuentes de energía primaria (combustibles fósiles y luego energía nuclear) y de vectores de consumo final (electricidad ahora y, quizás, hidrógeno en el futuro).
Si se analizan muchas de las actividades cotidianas se ve cómo en ellas la energía tiene una presencia constante e imprescindible. Aquellas sociedades que no tienen un acceso adecuado a la energía comercial no pueden desarrollar su modelo económico. O viceversa: sin capacidad económica un país no puede poner energía segura a disposición de toda la sociedad.
La cuestión de partida es que los ciudadanos de los países desarrollados, y los más favorecidos de países “en vías de desarrollo”, utilizamos la energía (combustibles y electricidad, por ejemplo) con una despreocupación muy elevada; ya pasaron aquellos años en que la madre decía: “Rapaz, apágame la luz que cuesta”. Hoy para muchos la electricidad supone una parte pequeña de su lista de gastos. Los combustibles de automoción representan algo más en el presupuesto, pero posibilitan la realización personal de una movilidad que ha saltado del nivel “seiscientos” para la playa en verano, entre los que podían, al del “monovolumen” casi todos los fines de semana.
Hoy la humanidad consume energía primaria en magnitudes muy elevadas, 10.000 millones de toneladas equivalentes de petróleo (tep), pero una sexta parte de la población utiliza los dos tercios de toda esa energía, y muchas personas no tienen el adecuado acceso a la energía: más de 1.500 millones de personas no tienen acceso a la electricidad. Aquí radica un componente más del potencial de crecimiento de la demanda.
Ya hoy, el consumo energético global presenta graves problemas. Por un lado, el acceso a los hidrocarburos, petróleo y gas natural ha supuesto guerras y confrontaciones a lo largo del siglo XX, y todo ello con una previsión de finalización de la disponibilidad comercial de esos recursos antes de que finalice el siglo XXI. De otro lado, los usos energéticos introducen problemas ambientales graves, desde la contaminación atmosférica al cambio climático: este último puede incidir de forma significativa en la naturaleza, en la vida de ciertas especies y, en definitiva, en una parte importante de la humanidad.
Las posturas frente a todo ello son muy variadas: desde la confianza en que la tecnología y el sistema económico lo resolverán todo, a otras más reflexivas que ven los riesgos que la evolución de nuestro actual sistema introduce; en estos últimos planteamientos, se sugiere que algunos de estos riesgos pueden ser críticos para la sostenibilidad ambiental y social.
En cualquier caso, una parte importante de la ciudadanía tiene una idea vaga de lo que significa la energía en el mundo, intuye los problemas, recibe información por los medios de comunicación. Pero quizá se echa de menos una reflexión profunda al respecto que atraviese a la mayoría de la población, y también a instituciones, organizaciones sociales, partidos políticos, etc.
El incumplimiento generalizado del Compromiso de Kyoto, de forma exageradamente distante en el caso español, pone en discusión todo el sistema. Este número de la revista Archipiélago, que abre sus páginas a gentes variadas comprometidas en la reflexión y la acción pública sobre los problemas energéticos, constituye sólo el inicio de lo que podría ser ese debate.
Emilio Menéndez Pérez (coordinador de esta monografía)
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