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PRESENTACIÓN CARPETA Nº 7:
En su Discurso de la servidumbre voluntaria Etienne de la Boétie denunciaba la superchería de las guerras. Los hombres, decía, siempre son objeto de derrota. No entendía este amigo de Montaigne cómo los seres racionales podían incluir en su ideario el concepto de victoria. Al fin y al cabo –señala– todo consiste en la vanidad de infringir un castigo, tal como acontece a aquellos exaltados guerreros que, a pie o a caballo, estimulados por la muerte de Arriasco, pretenden en las páginas de El testimonio de Yarfoz; novela de Rafael Sánchez Ferlosio, atacar a los Atánidas sin conocer en verdad el motivo: "ya sea con un propósito exterminatorio, ya sea como breve incursión demostrativa." No importa. El caso es empuñar las armas. La antropología ha convenido que esta conducta belicista viene estimulada sobre todo por la aceptación de una sociedad jerarquizada, lo cual comporta necesariamente violencia. Con todo, la causa no se nos antoja tan incontestable. De ahí que esta "Carpeta" tenga como propósito la aportación de nuevos materiales que permitan dentro de lo posible desenredar y revelar los mecanismos y laberintos de este fenómeno denominado guerraLos ejércitos, las armas, el concepto de defensa nacional, forman lo que algunos han llamado la columna vertebral de los estados, los auténticos cimientos destinados a sostener y preservar la identidad de los pueblos, identidad que al parecer, y según suele proclamarse, queda afirmada, realzada, con la amenaza de supuestos enemigos. Ello forma parte indispensable del juego. No hay en Occidente actitud menos productiva que la de avenirse con el vecino. Pero acaso cuanto hemos señalado sea vano. Es probable que no sepamos todavía qué hay debajo de la conciencia que nuestra civilización posee de la guerra. La huida de la verdad, como refiere Emmanuele Severino en su artículo La guerra y el alma de Occidente, no nos permite desvelar aún sus causas. Una verdad que se ha esfumado por los entresijos del duunvirato EE.UU.-URSS, destinado, mediante estrecha cooperación, a establecer un peculiar orden mundial condicionado a su vez por una tercera fuerza, lo que el autor de La tendencia fundamental de nuestro tiempo define como "empuje desde abajo", consistente en la oposición de fuerzas: los pueblos pobres contra los ricos, marginados contra privilegiados, pero también, dentro de los pueblos ricos, hombres contra mujeres, enfermos contra sanos... Sin embargo en esta guerra de todos contra todos la fe en el Estado permanece intacta, pese a la huida de la verdad. Severino asegura que en las actuales estructuras de la sociedad el pensamiento griego vive del modo más radical, vigente en esta batalla sin cuartel, en esta insidiosa organización duunviral, determinantes en la concepción del devenir que poseemos y que, necesariamente, hace de nuestros actos formas de dominio. La distancia llamada "Tiempo" trazada entre la "nada" y el "ser" ha consolidado una idea de futuro en la que, manifiesta el autor, está la base de la técnica y de la guerra de Occidente. Sin la noción de "futuro", de "porvenir", nada de cuanto sucede en este mundo pensado para el agravio sería posible. En su discurso Contra la paz, Agustín García Calvo coincide con Emmanuele Severino al significar que la verdadera administración de la muerte por parte de los estados no se hace efectiva a través de las armas, sino mediante la idea de futuro: "no tenemos tiempo para la vida porque estamos llenos de futuro." Ésta es la nueva milicia, el nuevo ejército. Porque la guerra, comenta García Calvo, se ha convertido ya en un sistema de aniquilación poco convincente, en un instrumento de control cada vez más torpe, menos funcional en manos de un mundo desarrollado que incluso ha acabado por devorar a las naciones: EE.UU., Alemania, Inglaterra no existen ya, han sido desplazadas por el progreso. La guerra del Golfo Pérsico ha constituido el último y deplorable ejemplo de farsa, de artificio grotesco que no ha logrado siquiera alcanzar lo que en principio pretendía: ofrecer al mundo "civilizado" la sensación de estar enclavado en la paz, reforzada arteramente gracias al contrapunto de una lejana guerra. No. La auténtica guerra es esta paz, este despilfarro que ha terminado por ahogar a cuantos creen que el mañana será mejor. Al menos fue éste el deseo de aquellos que se vieron envueltos en las primeras luchas sociales acontecidas a lo largo del siglo XIX. El tiempo y la utopía no se habían enfrentado aún. Nadie podía imaginar que se trataba de armas arrojadizas. El carácter histórico del texto debido a Jaime Pastor ayuda a entender este proceso y a acercarnos a las causas que determinaron la escisión de los movimientos anarquistas y marxistas. El escrito, titulado El antimilitarismo en los orígenes del movimiento obrero. Domela Nieuwenhuis recupera la figura de este anarquista holandés, quien ya en 1892 predijo que los propios obreros alemanes y franceses acabarían justificando una guerra defensiva de sus respectivos gobiernos. No se equivocaba. 1914 estaba cerca. En el fondo, las corrientes marxistas progresistas, como subraya Pastor, vieron en los conflictos armados una consecuencia o manifestación del desarrollo hacia una sociedad mejor. Domela Nieuwenhuis, repetía: "guerra a la guerra". Parece una consigna, un grito recogido por los objetores e insumisos que en nuestros días se integran en los movimientos antimilitaristas, de los cuales Iñaki García ofrece un Mapa que nos permite "localizar" y cuantificar los esfuerzos de éstos frente a las extravagantes leyes –como la que comprende la P.S.S.– dictadas por el Gobierno español. Los juicios y amenazas que se ciernen sobre los insumisos, objetores y desertores aumentan paralelamente al rechazo social de lo militar. Y no sólo eso: el número de objetores crece de manera incontenible, lo cual supone un serio jaque al Gobierno español, obligado a adoptar medidas políticas que malbaratan su sistema democrático. Y es que las 80.000 solicitudes cursadas por los objetores de conciencia han dado al traste con las previsiones gubernamentales. Voltaire hizo suyo el lema ecrassez l`infame. De hecho, su Diccionario filosófico de 1764 no pretende otra cosa. Sus páginas son un movimiento de rebelión ética, la búsqueda de la desarticulación de todo fenómeno social establecido. Seguramente gustará al lector conocer el contenido, irónico y acerado, de los párrafos dedicados al apartado de la guerra, asombrosamente actuales. Otro escrito para la reflexión es el de Jacques Lizot, dictado con el ánimo de contestar las opiniones de Daniel Gross y sobre todo de Marvin Harris en torno a los indios Yanòmami. Su actitud ante la guerra, el abastecimiento de alimentos y la organización del trabajo es analizada en un texto de sugerente rótulo: Guerra y proteínas entre los Yanòmami. Crítica de la antropología ecológica. ¿Porqué un pueblo como el de los Yanòmami, privilegiado por sus bienes, es más proclive a las armas que la mayor parte de sus menesterosos convecinos? Lizot refiere que la guerra es, sobre todo, ideología, necesidad de dominio sobre las voluntades, y éstas, por supuesto, pueden ser objeto de sometimiento a través de la "paz". De ahí que J.A. González Sainz no estime adecuada la contraposición de los términos "guerra-paz" firmemente establecida: ambos forman parte de un mismo cerco. En Ni paz ni guerra, sino todo lo contrario, arremete contra la "trapacera" representación de la guerra del Golfo Pérsico, contra lo que define como "jugarreta abyecta", la última piedra de toque que nos ha permitido verificar el emplazamiento del campo de batalla, ubicado en la lejanía de los suburbios del mundo del liberalismo económico y político. No podemos. decir Acta est fabula (la comedia ha terminado) mientras en Occidente se nos quiera hacer creer que la destrucción es la más extraordinaria producción. González Sainz invita a no colaborar con esta paz y a contravenir la embaucadora –y sin duda maliciosa– consigna que exhorta a prepararse para la guerra si se desea la paz. Finalmente, la diversidad de discursos de esta "Carpeta" queda subrayada por Michel Foucault y su escrito Hacer vivir y dejar morir: la guerra como racismo, cuya tesis, tan sorprendente como discutible, presenta a la social-democracia como menos belicista y racista que el anarquismo y el socialismo radical. Llama la atención la extraña paradoja de los hombres, que se asocian para delegar en un soberano un poder; y lo hacen con objeto de defender sus vidas, olvidando que ese soberano tiene la capacidad de su aniquilación. A lo largo del siglo XVIII, escribe Foucault, una forma de toma de poder sobre los hombres –la individualización– dio paso a una segunda modalidad, ya no "individual sino masificante". Lo que denomina "anatomo-política" fue trocada por una "bio-política" de la especie humana, mucho más sutil y equívoca, que consiste no tanto en intervenir sobre la muerte sino sobre el modo de dirigir la vida. La verdadera muerte ha sido desplazada por ese angustioso y totalitario "cómo debemos vivir". Sin duda, la guerra no es algo ajeno a la estrategia de lo que el pensador francés llama "biopolítica", cuyo contenido, advierte, no fue criticado por el socialismo sino, más aún, recogido y desarrollado. Visita la página de Suscripciones y Pedidos. 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