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PRESENTACIÓN CARPETA Nº 8:
El año 1992 no sólo será el aniversario de la invasión europea de América (de consecuencias ecológicas y demográficas espeluznantes), sino que será también un año en que la Ecología continuará estando de moda, ya que en el mes de junio se celebrará en Río de Janeiro una gran conferencia internacional (es decir, interestatal, con presencia de presidentes y jefes de gobierno), sobre Ecología y Desarrollo, veinte años después de la conferencia de Estocolmo, que lanzó internacionalmente el tema de la Ecología. Desde entonces, hemos asistido al alza de precios del petróleo en 1973 y1979 y a una guerra por el petróleo en 1990; hemos visto los desastres nucleares de Three Mile Island y de Chernobyl, la catástrofe de Bhopal y la del Exxon Valdez, por poner algunos ejemplos. Ha crecido la alarma por el agujero de la capa de ozono, por la creciente contaminación atmosférica, por el efecto invernadero y la consciencia de la pérdida de la biodiversidad tropical consecuencia de la deforestación. Muchos de estos problemas serán discutidos en Río de Janeiro por representantes de los estados cuyas políticas son las responsables de estos y otros peligros y de esas y otras calamidades.La Ecología abarca cuestiones globales y cuestiones locales. Hay que pensar global y localmente, hay que actuar también global y localmente. Pero la actuación global parece reservada a quienes dominan los resortes del poder político, y las conferencias alternativas que puedan organizarse en Río probablemente no sirvan más que de coartada de la conferencia oficial. Greenpeace y otros grupos actúan globalmente, pero a pesar de todos sus esfuerzos ¿qué mella han ocasionado a la producción infernal de automóviles, de despilfarro generalizado?, ¿qué pueden realmente hacer contra la devastación tropical, contra el abuso de las fuentes de petróleo y gas en beneficio de los ricos del mundo?, ¿qué central nuclear han conseguido detener? por tanto, tal vez el terreno privilegiado de la actuación ecologista sea el ámbito local, y ahí es precisamente donde, al margen del tinglado estatal, como grupos de la sociedad civil, han estado actuando los ecologistas. Asuntos no les faltan. Al leer, en esta Carpeta la entrevista inédita y realizada hace ya diez años a Mario Gaviria (decano del ecologismo ibérico), bajo el título Veinte años de ecologismo radical, no sólo sorprende agradablemente la valentía e integridad moral del entrevistado, en esta época en que tanto ha abundado el reciclaje político (¿Dónde estaría ya Gaviria si hubiese entrado en el PSOE?), sino que resulta patente y asombrosa la continuidad en las cuestiones ecológicas y en las luchas frente a los criterios economicistas y desarrollistas desde hace ya muchos anos. Habría que añadir, tal vez, un nuevo frente de batalla contra los residuos tóxicos, especialmente contra la amenaza de dioxinas a causa de su incineración, tema importante de los próximos años y al que Archipiélago dedicará un número en adelante. El pensamiento políticamente hegemónico, en España y fuera de ella, es el de los economistas. Se ha producido en los últimos anos una fuerte ofensiva neoliberal que ha prestigiado aún más las supuestas virtudes del mercado como asignador racional de recursos. Pero la ciencia económica se encuentra sin instrumentos de análisis y sin capacidad de facilitar prescripciones políticas cuando la Economía produce perjuicios, no medidos por los precios del mercado, pero que no dejarán de hacerse sentir en el futuro. Los métodos de evaluación extra-mercado inventados por los economistas de nada sirven cuando estamos frente a “externalidades” futuras: por ejemplo, la producción de plutonio de las centrales nucleares. Ese es el argumento principal que desarrolla en su artículo Valoración económica y valoración ecológica, Juan Martínez Alier, uno de los más prestigiosos estudiosos mundiales de las cuestiones ecológicas y la crítica de la Economía quien también advierte los intentos de una nueva eco-tecnocracia internacional de sustituir una racionalidad económica fallida por una imposible racionalidad puramente ecológica. Por ejemplo, no tiene sentido aplicar conceptos de la ecología de animales, como el de “capacidad de sustentación”, a los territorios en los cuales se distribuye la especie humana (Estados con fronteras). El énfasis en los problemas ecológicos locales y el intento de construir sociedades en pequeña escala que sean horizontalmente democráticas, que no exploten a las personas y que vivan en contacto con la naturaleza de una manera viable (o sostenible, como se dice ahora) han caracterizado desde hace muchos anos el trabajo intelectual y práctico del anarquista norteamericano Murray Bookchin, autor poderosamente influido por el anarquismo hispánico y del que fue famoso en los años setenta entre nosotros su El anarquismo en la sociedad de consumo (Ed. Kairós). Su última obra publicada en España es la recopilación Ecología libertaria (Ed. Madre Tierra). El fragmento de uno de sus más famosos libros The Ecology of Freedom, traducido especialmente para esta Carpeta bajo el título El concepto de ecología social, expone esas tesis. De hecho, aunque los anarquistas no fueron explícitamente ecologistas, han estado mucho más cerca del ecologismo que las demás corrientes ecologistas. El ecologismo es algo nuevo, que enlaza ciertamente con anteriores movimientos sociales, pero que plantea otras relaciones con la naturaleza. Frente a la nueva eco-tecnocracia mundial, con capital en Washington DC, que tendrá su día de gloria en la conferencia de Río de Janeiro, frente a la utilización capitalista de lo ecológico por la vía del incremento de los precios y de las ventas, existe un “ecologismo de los pobres” que estuvo representado por Chico Mendes el gran defensor de la Amazonia asesinado por los esbirros de la Estupidez y el Capital cuyo Testamento político incluimos aquí. Un documento de extraordinario valor y, a la vez, profundamente emotivo, por cuanto adelanta la confabulación de la muerte en torno a él. En el terreno de las ideas, el artículo Sobre la fe en el determinismo económico de Karl Polanyi (a cuyo excepcional libro La gran transformación dedicamos un capítulo entero en el nº 5 de Archipiélago) puede dar un fundamento a ese “ecologismo de los pobres”, opuesto a la comercialización capitalista de los recursos naturales y a que la tierra, el agua o el bosque pasen a ser objetos del mercado en lugar de fuentes perdurables de riqueza auténtica. Esta Carpeta se completa con la sección Biblioteca de Archipiélago/2 , dedicado esta vez a uno de los libros más importantes publicados en el mundo en este terreno de la visión crítica de la Economía y de su historia. Nos estamos refiriendo a La economía en evolución (Ed. Siglo XXI) de J.M. Naredo, obra sobre cuya colosal y radical relevancia se ha pasado casi como sobre ascuas en este mercado excrecente de la cultura y las ideas. Naredo ofrece aquí una presentación del libro y sus consideraciones retrospectivas sobre éste y los problemas que ahí se tocan. Respecto a nuestro título, ECOLOGÍA O BARBARIE, su cita de la legendaria y hoy acaso tan lejana encrucijada entre Socialismo o barbarie a la que emplazaban en la revista homónima Castoriadis y Lefort, es evidente. Y la polémica servida. Tan sólo reseñar, por si cupiera alguna duda, que esa barbarie es –claro está– la barbarie de la sangrienta idiotez del productivismo y el despilfarro, de la destrucción y administración de muerte del Capital y el Estado, y no, por descontado, la de los líricos bárbaros del poema por ejemplo de Cavafis. Esos que no se sabe si están tras las fronteras del Imperio o del Aparato, lejos o quizá muy cerca, emboscados entre la gente o en el lenguaje, y que, tal vez, un día bajen desde la lejanía de los bosques, la cercanía de su emboscadura entre nosotros o la inmediatez y verdad del lenguaje, al desierto contemporáneo de nuestras ciudades. Visita la página de Suscripciones y Pedidos. Suscríbete, suscribe a un amigo o pide la colección completa de la revista. |
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