CARPETA Nº 80-81:
MAYO DEL 68: EL COMIENZO DE UNA ÉPOCA
Lo importante para nosotros no es elaborar una reforma de la sociedad capitalista, sino lanzar una experiencia de ruptura completa con esa sociedad; una experiencia que no dure pero que deje entrever una posibilidad: percibimos otra cosa, fugitivamente, que luego se extingue. Pero basta para probar que ese algo puede existir.
Daniel Cohn-Bendit, entrevistado por Jean-Paul Sartre,
Le Nouvel Observateur, 20 de mayo de 1968.
La memoria es un espacio de lucha: el recuerdo no es algo que el poder pueda dejar sin gobernar, sobre todo el recuerdo de un momento que cambió el curso de las vidas y la realidad misma. En mayo de 2008 se cumplirán 40 años del célebre movimiento de Mayo del 68. La “memoria reactiva” (política, mediática, cultural) reduce el acontecimiento a una algarada estudiantil, a un conflicto generacional, a una cuestión de hormonas, a una aceleración brusca hacia la modernidad (explosión del individualismo hedonista, liberación de las costumbres), etc. Busca neutralizar lo político: las rupturas y los disfuncionamientos, la manifestación de nuevas subjetividades, irrepresentables política o sociológicamente, el surgimiento de otras formas de concebir el lazo social, la comunidad, el porvenir. Borrar definitivamente esa posibilidad fugitiva.
Entonces, ¿bajo qué condiciones una iniciativa de “recuperación de la memoria” puede ser una intervención política? “Recuperación de la memoria” es un mal comienzo: la expresión pareciera ya aludir a una reconstrucción del pasado que “apuntala” o “completa” el presente. En España nos remite inmediatamente a la gestión pesadamente institucional de una memoria de los “mártires de la democracia” a los que se debería reparar y pedir perdón, sin mayor preocupación por saber si los “militantes antifranquistas” eran verdaderamente “mártires” de la causa constitucional, sin imaginar que quizá pueda haber formas de “reparación” que no pasen por arriba, sino por establecer desde abajo otro tipo de “continuidades” con el presente de luchas. No hablemos pues de “recuperación de la memoria”, sino de memoria activa o memoria viva, de memoria política.
La reconstrucción de una memoria viva del 68 será por el contrario necesariamente conflictiva con el presente. No es difícil adivinar por qué: cuando la concepción dominante de lo político hoy en día lo hace equivalente al sistema de partidos y considera (en el mejor de los casos) a los movimientos sociales como un lobby que presiona a los poderes, la sola irrupción del recuerdo del 68 es disruptiva, como movimiento que rehúsa la toma del poder y la idea de que el cambio social se hace desde arriba, que cuestiona el mismo concepto de vanguardia y sentencia que toda representación (política, sindical, intelectual) despotencia lo representado, como acción política rigurosamente situacional y sin modelo, como praxis del antagonismo que no se limita a la negación, como transgresión de las fronteras sociales (por ejemplo, entre obreros y estudiantes) que pone en primer plano el valor de la igualdad, como politización de la gente cualquiera, sin ideología previa, como articulación entre vida y política, entre existencia y concepto, como afirmación de otra temporalidad no disuasiva y como “toma de palabra” de masas, etc.
Pero la memoria activa no puede pasar única y exclusivamente por restaurar la verdad revolucionaria del pasado contra toda literatura de falsificación histórica, aunque ya sea bastante, sino que ensaya algo más difícil todavía: establecer algunos hilos de continuidad con la gente que lucha hoy en día, ser útil como fuente de inspiración e interrogación. De otra manera siempre será una memoria teñida de nostalgia y algo triste en el fondo, porque habla de una experiencia sin decir cómo podría resonar en nuestro presente, por dónde podrían abrirse nuevas experiencias que la actualizaran. Contra ello, titulamos “Mayo del 68: el comienzo de una época”. Es el título que utilizaron los situacionistas para hablar del movimiento de Mayo en el último número de su revista. Comienzo de una época, es decir, no experiencia cancelada, agotada. ¿Cómo se justifica ese título, 40 años más tarde? ¿Qué se trataría de recordar, en función de las exigencias y desafíos del presente? Para empezar, la emergencia salvaje, imprevista, gozosa, multitudinaria y encarnada de una serie de preguntas radicales que atraviesan aún hoy la búsqueda de espacios de lo político fuera, al margen y contra lo político instituido: ¿qué es una vida política?, ¿cómo fundimos existencia y palabra?, ¿cómo nos organizamos sin jerarquizar o centralizar?, ¿qué papel tiene un militante cuando ya no se trata de dirigir, representar o adoctrinar a otros?
Esas preguntas son todo lo contrario de preguntas “retóricas”. Buscan ansiosamente una respuesta y muchas veces entregan la existencia entera a ello, arriesgando posición, identidad, cordura, supervivencia. En Mayo del 68 esas respuestas fueron las prácticas inventadas sobre el mismo terreno de luchas: Comités de Acción, ocupación de fábricas, reapropiación de la calle, toma de palabra, autoorganización difusa... Esas experiencias reales son de un enorme valor. Y completamente desconocidas. El mito del 68 es un mito vacío, muy personalizado en supuestos líderes y vedettes, estereotipado, banalizado. De ahí que sobre el 68 hoy pueda decirse cualquier cosa: origen del relativismo y del individualismo postmoderno, de la violencia terrorista, de los nacionalismos, de los medios de comunicación contemporáneos, del fin de la clase obrera, de la miseria existencial contemporánea (narcisismo, divorcios, soledad), etc. Por el contrario, se habla muy poco de cómo funcionó concretamente el 68, de sus creaciones organizativas en situación. Para esquivar el exceso de sobreinterpretación, y discernir qué estuvo en juego verdaderamente ahí, qué preguntas y problemas son los propios del movimiento de Mayo, quizá haya que empezar por dar un paso atrás y arraigar la reflexión en esas experiencias.
Claro que la continuidad con el presente no hay que buscarla en las formas, en los tiempos, en los sujetos de la lucha. Sería algo muy amargo, porque si abrimos los ojos en el presente esperando encontrar el reflejo de un modelo troquelado en el molde de Mayo del 68 no encontraremos nada. Sería al mismo tiempo algo muy banal, porque la repetición nos ahorra el trabajo de construcción y de creación de respuestas propias. Es mejor renunciar al pasado si nos impide mirar con nuestros propios ojos el presente. La búsqueda de la radicalidad pasa por la radicalidad de la búsqueda, es decir, por hundir el pensamiento y la creación en la propia experiencia, en la propia época, en la propia carne.
Por tanto, la fidelidad no puede pasar por la repetición de la respuestas, sino por la reformulación de las preguntas alimentada por nuestra propia experiencia contemporánea. El 68 pone en primer plano la pregunta por la vida (cotidiana): la autotransformación personal y colectiva, la crisis subjetiva, la experiencia creadora, lo vivido, la toma de palabra en primera persona, todo ello está en el corazón de Mayo. Sin duda, hoy la vida sigue estando en el centro de la puja contemporánea, de ahí la contemporaneidad del 68. Pero hoy nos vemos obligados a añadir que el poder también ha aceptado las preguntas del 68, respondiéndolas a su modo. No sólo ha tratado de reprimirlas o silenciarlas. Así, de una sociedad burocrática basada en la represión-integración-racionalización de la vida, hemos pasado a una sociedad-red que la moviliza hasta casi desintegrarla (descomponiendo, desuniendo, deslocalizando, destituyendo, etc.), haciendo de cada uno de nosotros empresario de sí mismo. La época que comienza en el 68 es también una versión no revolucionaria de las consignas revolucionarias de los años 60.
No podemos volver la mirada al pasado sin tomar impulso en el presente. De hecho, sólo el presente puede abrir el pasado, al revés de lo que opinan los “objetivistas”. Un presente donde también buscamos denodadamente espacios de lo político fuera, al margen y contra lo político instituido, pero ya sin horizonte general de emancipación (Revolución, utopía), desde un vacío y no desde la materialidad de un sujeto de clase (proletariado), contra un enemigo que no parece ya tanto la imposición alienante de sentido (disciplina, burocracia, represión, etc.), como precisamente la ausencia de condiciones de sentido (precarización generalizada de la vida, movilidad forzada, saturación informativa).
No hay modelo, ni recetas que imitar. La memoria del 68 no está ahí, enterrada, esperando a ser desocultada, sino que hay que construirla en común. La aportación de este número de Archipiélago pasa por valorizar la palabra directa de gente que estuvo inmiscuida hasta el tuétano en la tormenta colectiva. Ya sólo rescatar sus voces nos parece de un enorme valor, porque rompe con la idea dominante que quiere hacernos ver a todos los protagonistas del 68 atrapados en la alternativa entre arrepentimiento, normalización, cinismo y/o autodestrucción. Pues no, muchos la sortearon y sus capacidades de pensamiento crítico, lucha y resistencia siguen ahí, como una exigencia para las nuevas generaciones.
Atenerse a la verdad revolucionaria del pasado, interrogarla desde las exigencias y desafíos del presente, renunciar al pasado como modelo, partir de las experiencias reales, recrear la memoria común en un diálogo transversal a las generaciones... Finalmente, cualquier iniciativa que quiera rescatar una memoria viva aborda el problema abismal de la transmisión: ¿cómo se transmite una experiencia cuando falta el contexto social, político, antropológico dentro del cual se inscribió?, ¿cómo puede el discurso no traicionar las intensidades de lo vivido?, ¿se puede aferrar la naturaleza más honda del acontecimiento: interrupción del orden cotidiano hecho de “mediocridad, aburrimiento, autoritarismo, infantilización, jerarquía, coacción, control”, emergencia insólita de nuevas formas de politización y sensibilidad allí donde nadie veía que pudiera ocurrir nada, insumisión a las identidades y alianzas imprevisibles entre gentes que no estaban destinadas a encontrarse, desfuncionalización de los lugares y reapropiación del tiempo, desbordamiento constante de las estructuras y Fiesta, fiesta genuina, es decir, celebración colectiva de la existencia súbitamente reconquistada...?
Nuestro júbilo y nuestra risa: he aquí algo que ninguno de los testigos habituales ha sabido decir, así como ninguno de los dictámenes que se han lanzado sobre el 68 ha dado cuenta del placer que conocimos. Este placer (que otros llamarán goce) participaba del derroche de uno mismo, hecho sin cálculo en el trato anhelante con la intensidad. No se busque en otro sitio la fuente de la extrema carga erótica de aquellas jornadas. Estábamos extenuados de felicidad; y salimos de la derrota con ganas de morir.
Jean-Franklin Narodetzki
Semillas y gérmenes
Como dijeron los situacionistas, Mayo del 68 fue la primera insurrección generalizada contra una economía que funcionaba bien. En efecto, el 1 de mayo de 1968 se decreta la cuarta semana de vacaciones pagadas. El crédito político, económico e ideológico de Francia es grande. La integración de la clase obrera mediante el consumo abre debates entre filósofos, sociólogos y militantes sobre la desaparición del proletariado como clase revolucionaria. La juventud está “despolitizada”, a excepción de algunos grupúsculos irreductibles, de obsoleta obediencia marxista-leninista en la mayoría de los casos. Pero “Francia se aburre”. Y de pronto todo salta por los aires. ¿De dónde salieron esas energías sociales subversivas? ¿Qué significaba en realidad esa “despolitización”? Frente al relato de la “memoria reactiva”, según el cual diríase que el acontecimiento cayó del cielo, habría que afirmar por el contrario que arraigaba, de distintos modos y a distintos niveles, en malestares y procesos de nueva politización difusos por lo social durante los años 60: la “desidentificación” con el Estado francés suscitada por las movilizaciones contra la Guerra de Argelia; Vietnam; las luchas obreras de nuevo cuño y de signo autónomo; el malestar existencial del que podían ser síntoma tanto las rebeliones desesperadas de los Blousons Noirs como expresiones organizadas como el movimiento estudiantil; la fértil actividad de las “minorías activas” que acompañan con el pensamiento el desarrollo de las nuevas formas de politización, las nuevas aspiraciones, la crítica de las nuevas formas de dominación; etc.
¿En qué consiste una memoria política de Mayo del 68?
Alain Badiou afirma que las consecuencias de Mayo del 68 siguen vivas hoy en día. Quien está hoy activo políticamente, quien sigue fiel a las prácticas de emancipación, está cerca de lo que Mayo del 68 hizo posible: una experiencia de lo político fuera de los partidos y sindicatos, más allá del horizonte de la toma del poder, que encuentra su recompensa en sí misma y no en una promesa trascendente. En la acción política contemporánea, la que afirma las capacidades de cualquiera y propone otras imágenes del ser-en-común, el acontecimiento de Mayo del 68 resuena muy poderosamente: horizontalidad y descentralización contra todo centro jerárquico de sentido; espacios de transversalidad contra distribución policial de lugares, cuerpos, competencias y funciones; temporalidad afirmativa contra las temporalidades disuasivas de la política tradicional instituida (elecciones, plazos institucionales) o extraparlamentaria (acumulación de fuerzas, crecimiento cuantitativo o visibilidad mediática). La idea de emancipación política como autonomía conserva íntegro su contenido de escándalo, cuando desde todos los aparatos mediáticos, intelectuales y de poder se criminaliza a todo aquel que cuestiona la equivalencia sin fisuras entre experiencia política y sistema de partidos, ritual electoral, Estado de Derecho, etc.
Mayo del 68 planteó preguntas absolutamente actuales para quien apuesta por la transformación colectiva de la realidad desde abajo. Pero sin duda las mutaciones radicales del mundo durante los últimos 30 años (muchas de ellas como respuesta precisamente a las luchas de los años 60 y 70) nos obligan a reinventar otras respuestas prácticas. Si la crítica de los años 60 se dirigía contra una sociedad que congelaba la vida cotidiana (“alienación”), hoy el tejido social se deshace; si la crítica de los 60 atacó la burocracia como “práctica dominante”, hoy vivimos en una sociedad-red; si la crítica de los 60 se desarrolló en un tiempo de abundancia, hoy vivimos bajo el signo de la precariedad y la dispersión; si la crítica social de los años 60 pretendía agujerear estructuras rígidas de sentido para liberar la vida, hoy el desafío consiste más bien en crear sentido colectivo desde la nada, etc. ¿Qué podría significar recrear la memoria del 68 desde el presente y para el presente? ¿Sigue vigente hoy la crítica de la alienación en tiempos de movilización total y desbocamiento del capital, ya sin horizonte revolucionario? ¿Cuál sería en nuestros días el sentido de politizar la vida, cuando no se trata de hacerla ya una obra de arte, una vida “intensa” o más “consciente”? ¿Qué puede hacer una minoría activa en el presente, cómo acompañar y empujar con el pensamiento las nuevas formas de politización, cómo interrogar el malestar social, cómo abrir espacios de palabra libre, cómo agujerear la realidad?
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